Arte Clásico y Buen Gobierno Índice
Introducción El lector se sorprenderá de que un ingeniero mecánico, dedicado a la política, escriba sobre teatro y arte clásico. Aunque no parezca haber relación alguna, lo hago porque, desde hace nueve años, vivo bajo un régimen autoritario, capaz de cometer cualquier crimen, con tal de mantenerse en el poder. Se trata de una dictadura de “tercera generación”, porque no utiliza el paredón para imponer su voluntad, como lo hizo Fidel Castro; sino que recurre a la represión selectiva, para infundir el terror colectivo. Es decir, se persigue o encarcela a algunos conspicuos representantes de cada sector –político, empresarial, sindical, comunicacional, militar, policial o estudiantil– para así mantener aterrorizada a toda la sociedad. Paralelamente, se hace uso constante de los medios de comunicación de masa, para amenazar y para reforzar el ambiente de terror. Quien se atreva a enfrentar al Régimen, denunciando públicamente la verdad, pasa de inmediato a engrosar la lista de perseguidos políticos. Esto explica que un pequeño grupo de antisociales, enquistado en el poder, sea capaz de mantener a raya a toda una nación. Esta breve obra no representa la visión de un erudito o de un académico, sino la de un luchador que encuentra un obstáculo concreto en el camino: una concepción materialista que perjudica gravemente a la sociedad. En efecto, la cultura prevaleciente constituye una debilidad a la hora de la lucha, porque a una sociedad que no cree en valores trascendentes, se le dificulta vencer el terror inducido por el Régimen. Si la vida es finita. Si se acaba el día que llega la muerte física. Si no existen principios y valores superiores a nuestra existencia mortal. Entonces ¿Por qué arriesgarse? ¿Por qué poner en peligro lo único tangible que tenemos? Pues bien, es justamente de esa mentalidad que el Régimen se aprovecha para mantener sometida a la sociedad. Las obras épicas de Shakespeare, Schiller, Cervantes y otros dramaturgos clásicos, además de entretener, enseñan a la audiencia la importancia de vivir conforme a valores trascendentes, así como la felicidad que eso conlleva. Mientras que las obras trágicas, muestran las terribles consecuencias –personales y colectivas– de fundamentar la vida en el materialismo y el hedonismo. La visión contrapuesta de ambas concepciones –escenificadas con gran belleza y emotividad– conmueve al espectador, y lo conduce suave y tiernamente a tomar una decisión existencial. En otras palabras, se produce algo similar a una conversión, en el sentido bíblico del término. Justamente el tipo de conversión que se requiere para combatir eficazmente contra el poder omnímodo. Este breve ensayo invita al lector –especialmente a los más jóvenes– a experimentar las hermosas emociones y las extraordinarias enseñanzas del arte clásico universal, para que abra su mente y su corazón a un sistema de valores que –de generalizarse– no sólo serviría como antídoto permanente al totalitarismo, sino que abriría el camino a un maravilloso renacimiento político, moral y cultural. ¡Que así sea! El autor |