Reflexiones sobre la venta de ELECAR La Cruda Verdad sobre la Globalización Por Alejandro Peña Esclusa (julio de 2000) En un reportaje sobre la compra de la Electricidad de Caracas por parte de la Corporación AES, publicado en El Universal el 9 de junio de 2000, el presidente de la tradicional empresa venezolana, Oscar Augusto Machado, declaró con cierto descontento que "oponerse a la globalización es David contra Goliat", añadiendo que la AES "no está necesariamente comprometida con el futuro de nuestro país, ni con el de nuestra empresa como lo han estado por más de cien años sus accionistas". Machado acertó al identificar de esta manera la transacción, porque, como veremos, el objetivo de la globalización, pese a sus evidentes bondades, es no sólo desplazar al sector privado nacional, sino a los propios países. La idea de un mundo sin fronteras, donde impere la hermandad de todos los pueblos y razas, sin diferencias y sin conflictos, siempre ha fascinado a la humanidad. Muchas utopías se han escrito al respecto. Y no se puede negar que el mundo moderno ha logrado la interconexión global en algunos aspectos, particularmente en lo que se refiere a las comunicaciones y al intercambio comercial. Hasta se han creado organizaciones con el objetivo teórico de defender el interés de todos los pueblos del mundo. Sin embargo, como ya en 1841 lo advertía el economista alemán Federico List, mientras todas las naciones no "se hallen en la misma etapa industrial y cultural, de formación política y potencialidad... no se puede derivar una república universal, sino la esclavitud de las naciones menos adelantadas bajo la supremacía de la potencia dominante". List añadía que la unión universal era deseable y beneficiosa, siempre y cuando los países participaran en ella a través de una confederación, es decir, en igualdad de condiciones; pero eso no es lo que ha ocurrido desde entonces. La Organización de las Naciones Unidas, fundada después de la Segunda Guerra Mundial, tuvo en su constitución -y sigue teniendo hoy en día- una influencia determinante de pensadores británicos como Bertrand Russell y Julián Huxley, quienes auspiciaban la creación de un Gobierno Mundial, pero donde todas las naciones de la tierra se sometieran a su arbitrio, buscando a la vez la supremacía de Inglaterra en la toma de decisiones. Desde antes de la guerra, se hablaba en Europa de la posibilidad de construir un arma con gran capacidad destructiva. Russell la consideraba como la herramienta idónea para forzar un nuevo orden mundial utilizándola como elemento disuasivo, por eso, aunque pocos lo saben, Russell influyó notablemente en Albert Einstein para que fabricara la bomba atómica. El proyecto, denominado Manhattan, se llevó a cabo durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt. En una de sus obras, Nuevas Esperanzas para Un Mundo Cambiante, Russell decía: "hay una sola manera de que el mundo pueda verse libre de guerras, y es por medio de la creación de una autoridad mundial única, que tenga el monopolio de todas las armas de mayor envergadura". Russell también enumeró las potestades que tendría esta autoridad, "la más importante de ellas debe ser que, en cualquier disputa entre dos Estados, cada uno deberá someterse a la decisión del Gobierno Mundial. Cualquier uso de la fuerza por parte de cualquier Estado contra otro lo convertirá en enemigo público, y será castigado por las fuerzas armadas del Gobierno Mundial" -y continúa- "el Gobierno central puede ser democrático o totalitario; puede que deba su origen al consenso o a la conquista; puede ser el Gobierno nacional de un Estado que haya logrado la conquista mundial, o puede ser una autoridad en la que cada Estado tenga iguales derechos. Por mi parte, creo que si el Gobierno Mundial se constituye, será sobre la base del consenso en algunas regiones y la conquista en otras"... Más claro no canta un gallo. En cuanto a economía se refiere, la globalización adopta la tesis del economista inglés Adam Smith: total apertura de los mercados. Pero, como se vio en el caso de la compra de la Electricidad de Caracas, y como veremos en este mismo número respecto al sector galletero y al sector textil venezolano, el libre cambio puro no existe en los países desarrollados y nunca ha existido, siempre hay subsidios, incentivos, y políticas arancelarias y de protección que invariablemente favorecen a sus transnacionales frente al sector privado de los países en desarrollo, sin contar la desigualdad que ya existe por su evidente superioridad en cuanto a capital y al desarrollo científico y tecnológico. De allí que el sector privado nacional se vea cada vez más disminuido y pasando a manos de empresas extranjeras, como las industrias cementera y de oleaginosas, por citar sólo dos rubros (para mayor información ver Fuerza Productiva, julio-agosto de 1999, p.p. 15 a la 24). En su obra, Nuevas Esperanzas para Un Mundo Cambiante (ver anexo), Russell especificó claramente otra condición sine equa non para poder establecer una autoridad única mundial: "Así como las grandes guerras no pueden ser evitadas hasta que se constituya un Gobierno Mundial, un Gobierno Mundial no podrá ser estable hasta que todos los países importantes mantengan una población casi estacionaria". Russell reivindicó la tesis de Malthus sobre la ley de rendimientos decrecientes, para asegurar que los recursos naturales no alcanzaban para proveer a una humanidad creciente a menos que se limitara su crecimiento. Russell reconoció que el avance tecnológico extendía el límite maltusiano, pero sólo hasta cierto punto, a la postre, decía, "siempre hay límites más allá de los cuales no es posible extenderse". Por lo tanto, añadía, "debería haber instrucción universal para el control natal, con castigo para aquellos que tengan muchos hijos". Por ello se sumó a la propuesta de Julián Huxley publicada en The Times el 13 de marzo de 1951: "Es imperativo que desarrollemos una política racional de población para el mundo entero y que trabajemos con métodos para ponerla en práctica (incluyendo métodos para superar las actuales objeciones y prejuicios en la materia). Todavía considero que el primer paso en esta dirección debería ser tomado por las Naciones Unidas". Las Naciones Unidas adoptaron la propuesta y la lanzaron oficialmente en agosto de 1974, cuando realizaron su primera conferencia poblacional en Bucarest. Veinte años más tarde, la posición de la ONU respecto a la reducción de la población era abierta y sin tapujos, lo cual se evidenció en septiembre de 1994 en la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, llevada a cabo en El Cairo, donde la ONU propuso un programa agresivo de control poblacional. Por su parte, Estados Unidos también adoptó el esquema de Russell, y en 1974 se convirtió en política oficial de Estado. El 10 de diciembre de ese año, el Consejo de Seguridad Nacional elaboró un estudio titulado "Memorándum de estudio de seguridad nacional número 200: repercusiones del crecimiento demográfico mundial para la seguridad y los intereses de los Estados Unidos en ultramar". Como consecuencia de ese memorándum, para la década de los ochenta, tan sólo la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (AID) había invertido más de 3 millardos de dólares en programas de control poblacional en diversas partes del mundo. Influyentes personajes mundiales como el príncipe Felipe de Inglaterra, los secretarios de Estado y de Defensa norteamericanos, Henry Kissinger y Robert McNamara respectivamente, tenían como su principal agenda de campaña la reducción de la población. Entre otros métodos, se sugería "congelar" la economía de las naciones presuntamente sobrepobladas para así forzar la reducción de la población. Esto explica las políticas de austeridad de organismos como el Fondo Monetario Internacional, que en la práctica generan recesiones económicas y frenan el desarrollo y el crecimiento poblacional en las naciones donde se aplican. No pensamos que sea beneficioso para los sectores pauperizados de la humanidad reproducirse ilimitadamente cuando ni siquiera tienen la esperanza de darles a sus hijos lo mínimo que se requiere para vivir dignamente. Pero es erróneo pensar que el crecimiento poblacional sea la causa de la pobreza. De hecho, los países más ricos, como Japón y Alemania, tienen la mayor densidad poblacional; mientras que los países más pobres, como los de Africa, son los más despoblados. Es bien sabido que la división del trabajo, producto del desarrollo y del avance tecnológico, requiere de más gente para ocupar los nuevos empleos generados. La pobreza nada tiene que ver con el crecimiento poblacional, es más bien la consecuencia de políticas económicas equivocadas y de la falta de educación de los pueblos. Pero una vez admitida como válida la tesis de Malthus, siguen como corolario otras iniciativas profundamente peligrosas. Bertrand Russell, por ejemplo, favorecía la propagación periódica de pestes y epidemias para controlar el crecimiento poblacional. De igual manera, consideraba a las guerras como una forma natural de control poblacional. Llevado al extremo, esta línea de pensamiento maltusiano considera positivo el estallido de guerras civiles en los países del Tercer Mundo. Y si a esto se agrega el interés de controlar a las naciones por medio de un Gobierno Mundial, como proponía Russell, entonces se explica por qué hay organismos internacionales que apoyen el narcotráfico, a los movimientos guerrilleros y demás grupos marxistas en América Latina: de esta forma se incita la violencia y la división en nuestras naciones para lograr el doble objetivo de reducir la población y debilitar al Estado nacional, a fin de someterlo más fácilmente a la égida de un Gobierno Mundial. No es cierto que la globalización sea una realidad irresistible, como alegan muchos, por la sencilla razón de que es antinatura, al menos en la forma como la plantean Russell y sus seguidores modernos, es decir, una unión universal basada en el predominio político de una nación o de un grupo de naciones, y la sumisión o dependencia de otras nacionalidades. Ya Inglaterra lo intentó en los siglos 18 y 19, y fracasó rotundamente. No es posible la unión cuando existen niveles económicos, tecnológicos y culturales tan disímiles, porque se presta a la supremacía de un pequeño grupo sobre las demás, como ocurre hoy día con las Naciones Unidas, donde un puñado de países, los que controlan las armas atómicas, toman las decisiones más importantes en el llamado Consejo de Seguridad, mientras las demás, que constituyen la inmensa mayoría, deben someterse sin chistar. Puede que, temporalmente, triunfe la tesis de Russell, pero con fuerte resistencia por parte de los pueblos del mundo (incluso dentro los propios países desarrollados) y bajo el signo de una gran inestabilidad. Tarde o temprano una unidad forzada se desmoronaría. No hay que olvidar que, en la contienda contra Goliat, fue David quien triunfó. Uno de los principales objetos a que debe aspirar una nación es, y tiene que ser, el mantenimiento, desarrollo y perfección de la nacionalidad. No se trata de una aspiración egoísta, sino de algo racional que está en perfecto acuerdo con los verdaderos intereses de toda la humanidad. Cuando esta aspiración se concreta a través de los cauces naturales, es decir, por medio de la colaboración y el intercambio justo y saludable, no hay lugar a roces ni a enfrentamientos violentos, como se está viendo actualmente en las disímiles naciones europeas, que ya llevan décadas en el proceso de unificación. La unión mundial, bien entendida, debe ser precedida por el desarrollo particular de cada nación, pasando por las etapas naturales de la evolución: estado salvaje, estado pastoril, estado agrícola manufacturero, y potencia industrial; hasta alcanzar un nivel homogéneo de cultura y poder que le permita integrarse a las demás por medio de una confederación. Mientras tanto, las integraciones pueden ser regionales, entre naciones de características similares, para ayudarse mutuamente en su crecimiento individual. Esto no impide que existan relaciones bilaterales y multilaterales entre países más desarrollados y menos desarrollados para su mutuo beneficio, pero sin menoscabo de su propia nacionalidad; todo lo contrario a lo que sucede hoy en día con los entes multilaterales como el FMI y el Banco Mundial: todavía no existe el primer país que haya resuelto sus problemas económicos aplicando los condicionales que exigen como contrapartida a los créditos que otorgan. El recorrido de cada nación por las distintas etapas del desarrollo, se basa inexorablemente en el fortalecimiento continuo y permanente del sector privado nacional, dentro de un marco económico donde la ciencia y la tecnología jueguen un rol protagónico. Por eso es tan importante que el Estado entienda la necesidad de preservar al sector privado y de no permitir que sea absorbido por las transnacionales. En esta oportunidad nos quedamos sin ELECAR, muy pronto podría ser PDVSA. Documentación Bertrand Russell -Nuevas Esperanzas para un Mundo Cambiante (Capítulo XI)- Características de un Gobierno Mundial Por algún tiempo, se puede evitar la guerra mediante improvisaciones, conveniencias, y diplomacia sutil, pero en forma precaria; y mientras continúe existiendo nuestro sistema político actual, es casi seguro que se desatarán grandes guerras de cuando en cuando. Esto ocurrirá inevitablemente mientras existan Estados soberanos diferentes, cada uno con sus propias fuerzas armadas, y cada uno juez absoluto de sus propios derechos en cualquier disputa. Hay una sola manera de que el mundo pueda verse libre de guerras, y es por medio de la creación de una autoridad mundial única, que tenga el monopolio de todas las armas de mayor envergadura. Para que un Gobierno Mundial pueda prevenir las grandes guerras, debe poseer ciertas potestades mínimas. Lo primero y lo más importante, es que debe tener el monopolio de todas las armas principales de guerra, así como fuerzas armadas apropiadas para usarlas. Deben tomarse todos los pasos necesarios para asegurar que las fuerzas armadas sean absolutamente leales al Gobierno central. El Gobierno Mundial deberá proclamar ciertas reglas para el uso de sus fuerzas armadas. La más importante de ellas debe ser que, en cualquier disputa entre dos Estados, cada uno deberá someterse a la decisión del Gobierno Mundial. Cualquier uso de la fuerza por parte de cualquier Estado contra otro lo convertirá en enemigo público, y será castigado por las fuerzas armadas del Gobierno Mundial. Estos son los poderes esenciales que harían posible la preservación de la paz. Dados éstos, otros seguirán como consecuencia. Habrá necesidad de cuerpos que cumplan funciones legislativas y judiciales. Estos se desarrollarán con toda naturalidad si se llenan las condiciones militares. El punto vital y más difícil es la colocación de una fuerza irresistible en las manos de una autoridad central. El Gobierno central puede ser democrático o totalitario; puede que deba su origen al consenso o a la conquista; puede ser el Gobierno nacional de un Estado que haya logrado la conquista mundial, o puede ser una autoridad en la que cada Estado tenga iguales derechos. Por mi parte, creo que si el Gobierno Mundial se constituye, será sobre la base del consenso en algunas regiones y la conquista en otras. En una guerra mundial entre dos grupos de naciones, puede que el grupo victorioso desarme al grupo derrotado y proceda a gobernar el mundo por medio de las instituciones unificadoras desarrolladas durante la guerra. Gradualmente, las naciones derrotadas podrían ser admitidas a la asociación, a medida que se enfríe la hostilidad de guerra. No creo que en la raza humana haya suficiente habilidad de estadista o la capacidad de tolerancia mutua para establecer un Gobierno Mundial con base sólo en el consenso. Por eso pienso que un elemento de fuerza será necesario para su establecimiento y preservación durante los primeros años de su existencia.
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