-El Guillermo Tell de Federico Schiller- Ennoblecer el alma para vencer la tiranía Por: Alejandro Peña Esclusa (julio 2001) El poeta y dramaturgo alemán Federico Schiller (1759-1803) incurrió en serias imprecisiones históricas cuando escribió sus obras de teatro, sobre todo cuando trató temas vinculados a España (Don Carlos) o al catolicismo. Seguramente porque, como muchos escritores de su época, estuvo influenciado por la llamada "leyenda negra", a la cual nos hemos referido en artículos anteriores. Sin embargo, Schiller es uno de los autores clásicos que más ennoblece el alma, porque sus obras están dedicadas a mejorar la condición humana, al presentar las miserias y las virtudes de la humanidad de una forma tal que incita al lector evitar aquéllas a imitar éstas. Seguidamente analizaremos su principal epopeya, sin duda una de las obras más sublimes del teatro universal: Guillermo Tell. Según el relato dramático, el pueblo suizo es maltratado por el Emperador de Austria, Alberto I (1293-1308), quien desconoce las cartas de libertad que su antecesor, Federico II, les había concedido por haber combatido a su lado en la célebre expedición austríaca por tierras italianas, que culminó con la conquista de la ciudad de Faenza. El lugarteniente del emperador, el gobernador Gessler, impone impuestos onerosos, actúa despóticamente y exige al pueblo suizo someterse a su autoridad de forma humillante. No existe ya ningún motivo que justifique la lealtad de los suizos al soberano de Austria y es así como algunos de ellos deciden rebelarse. Los obstáculos externos son grandes; primero, porque el poder militar del rey es inmenso; y segundo, porque la mayoría de los habitantes de Suiza son aldeanos, campesinos y cazadores sin experiencia en las artes de la guerra. Por si fuera poco, parte de la nobleza suiza se pliega al poder austríaco, ya sea por miedo, por comodidad, o por recompensas de tipo material; tal como ocurre hoy en día con muchos empresarios venezolanos de envergadura, que se someten al Gobierno por temor, o para obtener contratos, sin caer en cuenta que ellos también serán despachados cuando dejen de ser útiles al Régimen. -La valentía proviene de la autoridad moral- El régimen austríaco ha perdido todo sustento y "popularidad". Uno de los conjurados, Melchtal, hace una "encuesta" y relata a los demás: "He trepado por todos los senderos tortuosos de la montaña; no hay valle, por escondido que esté, que yo no haya espiado... y en todas partes he comprobado el mismo odio a la tiranía, pues hasta en los últimos confines... la avaricia de los gobernadores lleva a cabo su rapacidad". Los suizos no aceptan la perversa "revolución" que Gessler quiere imponerles; Melchtal informa que : "no toleran que atrevidas innovaciones se introduzcan en el tranquilo transcurso de su existencia habitual". De hecho, los conjurados obtienen todo el respaldo popular: "He excitado a todos los corazones de este pueblo franco con el aguijón de mis palabras" -dice Melchtal- "y todos están con nosotros de corazón tanto como de palabra... han jurado seguiros hasta la muerte". Sin embargo, Gessler se mantiene en el poder mediante las amenazas y el amedrentamiento. Para vencer el miedo natural que sienten y para darle sustento legítimo a su rebelión, los suizos recurren a su identidad histórica y a sus derechos tradicionales inalienables. Los habitantes de los diversos cantones (Uri, Schwyz y Unterwalden) se juntan y hacen un recuento de las proezas de sus antepasados, recordando cómo, gracias a su sacrificio y esfuerzo, se creó la nación. Luego se tienden las manos y, orgullosos de su pasado, dicen: "Los demás pueblos soportan el yugo del extranjero y se han sometido al vencedor. Incluso en los límites de nuestro país, son muy numerosos los que pagan tributo al extranjero y que legan a sus hijos su servidumbre; pero nosotros, la raza pura de los viejos suizos, siempre hemos conservado nuestra libertad. Jamás hemos doblado la rodilla ante los príncipes, y libremente hemos elegido al emperador como protector. Libremente hemos escogido la ayuda y la protección del Imperio; así está escrito en la carta del emperador Federico". Finalmente, hacen un juramento solemne: "Todo poder tiránico tiene su límite. Cuando el oprimido no encuentra justicia en ningún sitio, cuando la carga se le hace insoportable, se dirige a lo más alto: al Cielo. Lleno de confianza y de valor, saca de allí sus derechos eternos que allá arriba permanecen inalienables a indestructibles como las mismas estrellas; entonces se vuelve al viejo y primitivo estado de la Naturaleza, en la cual el hombre es enemigo del hombre, en el cual, como último recurso, cuando los demás no han servido para nada, le ha sido confiada la espada... Tenemos el derecho de defender el más preciado de nuestros bienes contra la violencia... Combatimos por nuestras mujeres, por nuestros hijos." AI igual que en el caso de Shakespeare (ver artículo anterior), Schiller parece haber inspirado esta escena en pasajes bíblicos. Frente a la amenaza del ejército sirio, Judas Macabeo dice a los israelitas: "Ellos vienen contra nosotros, llenos de orgullo y de impiedad, a matarnos a nosotros, a nuestras mujeres y a nuestros hijos, y a robarnos lo que tenemos. Nosotros, en cambio, luchamos por nuestras propias vidas y por nuestras costumbres. Así que no les tengan miedo, pues Dios los hará pedazos ante nuestros ojos" (1 Macabeos 3). -Los héroes anónimos- El héroe principal de la obra es, por su puesto, Guillermo Tell, quien se deshace del gobernador Gessler, poco después que éste le obligara a flechar una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo; sin embargo, hay otros personajes heroicos, como por ejemplo Gertrudis, esposa de Stauffacher, uno de los conjurados. Gertrudis conmina a su marido a rebelarse: "Escucha mi consejo" - le dice- estamos "cansados de la dureza y opresión del yugo... no hay un solo barco de pescador de los que llegan a nuestra ribera que no nos anuncie una nueva desgracia y un nuevo acto de violencia de esos gobernadores. Así, pues, sería conveniente que algunos de vosotros, de nobles intenciones, deliberasen en secreto sobre el modo de sacudir esta opresión; pienso que en este caso Dios no os abandonará y será clemente para una justa causa". Stauffacher contesta: "¡Oh mujer! ¡Qué tempestad de peligrosas ideas despiertas en mi pecho tranquilo! Me haces ver a la luz del día mis más íntimos pensamientos, y aquello que yo me prohibía incluso pensar en silencio tú lo expresas audazmente y con lengua ligera. ¿Has meditado bien lo que me aconsejas? ¿Podemos atrevernos nosotros, un débil pueblo de pastores, a emprender la lucha contra el dueño del mundo?". "También vosotros sois hombres" -contesta Gertrudis- "sabéis manejar vuestras hachas, y al hombre valiente Dios le ayuda". "Esta casa recién construida por nosotros es tu gozo", replica Stauffacher, y añade: "la guerra monstruosa la incendiará". Pero Gertrudis responde decidida: "Si supiese que mi corazón estaba ligado a un bien temporal, yo misma arrojaría la tea encendida con mi propia mano". Arrojándose en sus brazos, Stauffacher le dice, conmovido: "Quien oprime contra su pecho tal corazón, puede combatir con alegría por su casa y por su hogar aún sin tener la fuerza guerrera de un rey". Y ya, libre de toda duda, se encamina a la lucha. Otro de los héroes es el noble suizo Attinghausen, quien trata de convencer a su sobrino, Rudenz, de romper los lazos con los austríacos, hacer una alianza con su pueblo, y luchar por la independencia. Uno de sus discursos es éste: "Aprende a conocer, hijo, a este pueblo de pastores. Yo lo conozco bien, yo lo he conducido a las batallas; yo lo he visto combatir en Faenza ¡Que se atrevan a venir a imponernos un yugo que nosotros no estamos dispuestos a soportar! ¡Ah! ¡Aprende a sentir la raza de que formas parte! No vayas a arrojar la pura perla de tu mérito por vanos oropeles y baratijas. Ser jefe de un pueblo libre que se consagra a ti por amor, de todo corazón; que permanezca fielmente a lo lado en todo, en el combate y la muerte: ¡que ese sea tu orgullo! ¡Hónrate con tal nobleza! Aprieta fuertemente los lazos de la sangre, apégate a tu querida patria: esto es lo que debes mantener de todo corazón. Ahí están las poderosas raíces de tu fuerza; allí en un mundo extranjero, tú solo serás un débil junco que troncha la tempestad". Rudenz desoye a su tío, aunque posteriormente, luego de presenciar personalmente los desmanes de Gessler, abre los ojos y decide emprender una alianza con sus súbditos para derrotar definitivamente la dominación austríaca. -Moraleja- Así como entre el pueblo suizo cundía la desmoralización y el miedo, por el poder de los austríacos y por la conducta disuasiva del gobernador Gessler; también hoy existe entre los venezolanos cierta impotencia frente al avance de la "Revolución bolivariana". Sin embargo, el teatro clásico, esta vez a través de Federico Schiller, acude de nuevo en nuestro auxilio, incitándonos a levantar la moral y a no desfallecer en la lucha. En primer lugar, haciéndonos recordar nuestro pasado glorioso. Las hazañas de los próceres suizos, que describen los conjurados en su recuento histórico, se asemejan a las de los nuestros, quienes tampoco "doblaron sus rodillas ante los príncipes" y, encima, liberaron a otras naciones del yugo. En segundo lugar, haciéndonos ver que nuestra causa es justa, como también era la de los suizos, porque está basada en los mismos principios: la defensa de los derechos eternos del hombre, que "permanecen en el Cielo inalienables e indestructibles, como las estrellas". En última instancia, "tenemos el derecho de defender el más preciado de nuestros bienes contra la violencia... nuestra familia, nuestros hijos". En tercer lugar, demostrándonos que pocas personas, pero decididas y valientes, pueden cambiar el curso de la historia. Guillermo Tell es de poco hablar, pero sus acciones individuales y los riesgos personales que decide correr, elevan el espíritu de toda la nación, que finalmente se suma en el combate contra los austríacos. Claro está, para lograr el éxito, es necesario tener la actitud de Gertrudis, quien no ataba su destino a los bienes materiales, que de todas maneras sabía perdidos; sino que estaba dispuesta a entregarlo todo por su patria; y la de Attinghausen, quien aún siendo noble, consideraba a todos los suizos como sus hermanos, porque, por encima de las diferencias sociales, estimaba y apreciaba lo que de verdad importa: la identidad cultural e histórica de su pueblo. Schiller nos advierte de la existencia de individuos como Rudenz, que se someten a la tiranía por "oropeles y baratijas" (en la actualidad, sería por contratos y negocios con el Gobierno), pero nos da la esperanza que, incluso ellos, terminan por abrir los ojos y unirse a la causa. |