Santo Tomás Moro, ejemplo para los políticos

Por: Dr. José Luis González (Enero 2001)

A finales del año 2000, el Papa Juan Pablo II proclamó a Santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y los políticos. En la Carta Apostólica donde hace pública la proclamación, el Papa destacó entre las razones que lo motivaron a hacerlo, "la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades".

Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra, sobresaliente político, diplomático, jurista a historiador, con dotes extraordinarios de humanista y hombre de letras, muere decapitado el 6 de julio de 1535 en la torre de Londres, defendiendo la fe católica y la unidad de la Iglesia, entonces y siempre tan amenazadas.

Utiliza su inteligencia y su prestigio humanístico como armas en la batalla por la fe de siempre. Escribe grandes obras como "Utopía", que lo hacen triunfar entre los grandes humanistas europeos, sin embargo ya a partir del año de 1523 y hasta su muerte, se dedica por entero a la exposición y defensa de la fe católica.

Escribió una obra en defensa de la fe, por encargo de Enrique VIII, titulada Responsio ad Lutherum, por la que se le dio el título de defensor fidei. En esta obra, Moro mide y analiza a la luz de la ley natural y de la fe cristiana, las consecuencias del cisma luterano y sus implicaciones para la civilización Europeo-Occidental, hasta ese momento católica.

Irónicamente, fue el propio Enrique VIII quien más tarde asestaría el golpe definitivo a la unidad de la iglesia, desgajando a la cristiandad y ayudando a consolidar el cisma que había iniciado Lutero y que hasta ese momento estaba confinado a tierras germánicas, donde probablemente si hubiera persistido aislado, habría palidecido y aun expirado.

Enrique VIII fue un monarca con abusivas tendencias absolutistas y se inclinó a la postre hacia el reformismo, movido por intereses políticos y personalistas. La cuestión teológica planteada a raíz del intento de anulación de su primer matrimonio con Catalina de Aragón, con quien había convivido diecisiete años, habiendo tenido con ella seis hijos, para poder casarse con Ana Bolena, su nuevo amor, que había sido dama de la Reina; alegando que aquélla no podía darle un hijo varón que le sucediera, porque tenía demasiada edad.

Esto no fue sino una excusa, un intento premeditado de influir en Roma, por medio de la manipulación del derecho canónico, con el principal objetivo de deslastrarse de cualquier competencia opuesta a su vocación absolutista, entre ellas la fidelidad de un clero consecuente con otra autoridad, la autoridad de Roma.

El Papa Clemente VII no aceptó la anulación del matrimonio del Rey, pero tardó mucho tiempo en emitir la decisión final, tiempo que aprovechó Enrique VIII para idear medidas que le otorgasen una apariencia legal a su divorcio, si no obtenía el consentimiento papal. Sus súbditos fueron preparados cuidadosamente para esta eventualidad.

Se acusó al clero de abusos contra el pueblo y se estableció contra él persecuciones económicas y fiscales, además se atacó y descabezó a toda la oposición política y religiosa, entre ellos se pueden mencionar al cardenal Thomas Wolsey, Arzobispo de York y a Santo Tomás Moro.

El Rey únicamente tuvo que afrontar una insurrección seria, que ocurrió entre 1536 y 1537. Esta lucha duró poco y culminó en la llamada Peregrinación de Gracia, una insurrección protagonizada por miles de laicos y clérigos católicos y sofocada con la ejecución de muchos de sus integrantes.

La reforma impulsada por Enrique VIII evitó cuidadosamente suscitar la impresión de que se modificaría el dogma; trató de hacer ver que las reformas se reducirían a cuestiones de organización y administración eclesiástica, logrando de esta manera reducir las pasiones religiosas; sin embargo sus sucesores completaron el proceso practicando también la reforma litúrgica, al permitir la comunión en ambas especies, la sustitución del latín por el inglés y la interpretación de la doctrina católica de acuerdo a su propia conveniencia. Fueron sumamente hábiles en todo este proceso manteniendo una sutil y exitosa ambivalencia entre tradición y reforma.

Tomás Moro se opuso a todo este proceso, de una manera enérgica y contundente y por lo tanto cayó en desgracia. Fue un hombre de fe razonada, cimentada por una formación sólida, con largas horas de reflexión y estudio; un hombre que murió no por defender una simple opinión propia, o un capricho de su conciencia, sino por salvaguardar la certeza de una verdad objetiva revelada.

La verdad revelada le cuesta a Tomás Moro la cabeza, y le cuesta la cabeza, porque era ella la que cuestionaba a los enemigos. Como éstos no pudieron convencerlo, trataron de vencerlo, ¿cómo?, cortándole lo que no le pudieron doblegar.

Tomas Moro muere por la verdad y en testimonio de ella, verdad que en todas las épocas es puesta a prueba y ¿cuál es esa verdad? Pues simplemente que es el Romano Pontífice el único que tiene autoridad para dictaminar en materias de fe y moral católica, en otras palabras que "la razón y Roma van juntas".

La consecuencia más importante de esa verdad es la de que el cristiano debe oponerse férreamente a algo que es monstruoso, a saber, que cualquier gobernante temporal trate de dividir y controlar a la iglesia para dictar a su capricho normas y leyes en lo espiritual y eterno, que lo favorezcan en el orden temporal, como ocurre en ciertos regímenes totalitarios o autoritarios.

Esta implícita además, la defensa de la libertad de conciencia y la lucha contra la esclavitud moral que inevitablemente lleva a la apostasía.

El luchar y aun morir por la verdad no es simplemente la lucha por una idea o una doctrina, sino por amor a una persona, en este caso concreto, a Cristo, a su Iglesia, que es su cuerpo místico. Fue este amor a Cristo el que mantuvo fiel hasta el final a Santo Tomás Moro.

Este amor no fue un amor en abstracto, sino el amor a sus mandatos, a sus revelaciones, a la tradición apostólica. Entendió que renegar de esta verdad equivalía a renegar de Cristo. Durante todo el tiempo que estuvo en prisión, mantuvo la firmeza de carácter y la serenidad de su fe, y dijo en una ocasión: "Se dan las circunstancias en las que un hombre puede perder su cabeza y aun así no sufrir daño alguno; por el contrario, en lugar de daño, ganar un bien inestimable de manos de Dios".

Santo Tomás Moro demostró con su muerte que el amor a Cristo no es irrazonable, ni es un mero asunto sentimental, sino que la fe puede ser tan sobrenatural como razonable y libre. La razón para Tomas Moro debía gobernar y realmente gobernaba, cuando se sujetaba y servía a Dios.

Su última obra, escrita en la prisión, lleva por titulo "La Agonía de Cristo" y es en realidad su testamento; en ella, sus dones de humanista y de cristiano se conjugan admirablemente, mostrándose como hombre leal y santo, en medio de los afanes del mundo y de las turbulencias del poder y de la política.

Su humanismo, valga la redundancia, es muy humano y totalmente contrapuesto al humanismo materialista e inhumano que predomina hoy. Acepta como valores positivos al sufrimiento y al dolor, atribuyéndoles a éstos capacidad de generar amor y felicidad, aun en medio de nuestra tan incierta existencia temporal.

Su concepto de dolor no se limitaba al dolor físico, lo hacía extensivo también al dolor agónico, que no es sino la aflicción de aquel que combate moralmente por la conquista de una meta, por el triunfo de la verdad.

En las páginas de "La Agonía de Cristo", Santo Tomás Moro manifiesta toda la energía de su vida cristiana, junto con la calidad de su formación cultural y literaria, demuestra además su profundo análisis sobre el fluir de los sucesos en la historia de los hombres.

Santo Tomás Moro fue el hombre que por su fe, sirvió como el mejor amigo del renacimiento, pero que por esa misma fe, murió como el peor enemigo del absolutismo.