El Plan Marshall de 1947

Por la Unidad de Investigación de Fuerza Productiva (febrero de 2000)

Dos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial -la más devastadora e la historia, con treinta millones de muertos en su haber-, Europa y parte de Asia continuaban económicamente destruidas y atravesadas por el hambre y las enfermedades. Como consecuencia, los gobiernos europeos sufrían una enorme inestabilidad y amenazaban con derrumbarse, para ser sustituidos por regímenes comunistas auspiciados desde la Unión Soviética.

Dentro de este tenebroso contexto, el 5 de junio de 1947, el general George C. Marshall (1880-1959), victorioso ex Jefe Militar de las Fuerzas Aliadas en Europa y en ese entonces secretario de Estado norteamericano, acudió a la Universidad de Harvard para pronunciar un histórico discurso que dio origen al plan de reconstrucción europeo conocido como el Plan Marshall. Cinco años más tarde, Europa estaba de nuevo en pie y prometía convertirse en un emporio de riqueza, como en efecto sucedió.

Para los venezolanos, después de la tragedia sufrida por nuestro país el 15 de diciembre pasado, resulta aleccionador estudiar cómo se logró este milagro económico, puesto que nos puede dar luces no sólo para reconstruir las zonas afectadas, como el Estado Vargas, sino para reactivar toda la economía y, a mediano plazo, convertirnos también en potencia industrial.

Situación en Europa

Tal como explicó Marshall en su célebre discurso (ver texto completo más adelante), la guerra había provocado en Europa cuantiosos daños visibles: millones de muertos y heridos, ciudades y pueblos destruidos, infraestructura inservible, maquinaria dañada u obsoleta, etcétera. Pero aún habiéndose estimado correctamente estos daños, se hizo posteriormente obvio que existían daños de otro tipo, no tan evidentes a los sentidos: la destrucción de antiguos vínculos comerciales, la ruptura del intercambio armónico entre los habitantes de la ciudad y los del campo por la incapacidad de aquellos de suplir los bienes manufacturados, el desplome de la confianza en las monedas de circulación nacional; y, en fin, la dislocación "del sistema moderno de división del trabajo en que se basa el intercambio de productos de un país".

Entre otros aspectos "visibles", aparte de los 450 millones de metros cúbicos de escombros contabilizados tan sólo en Alemania, estaban los recortes de carbón, acero y otros recursos básicos, lo cual restringía la producción; el invierno de 1946-1947, el más severo de la historia moderna; y el agotamiento de las reservas de oro y de divisas extranjeras, lo cual dificultaba la obtención de las importaciones más necesarias que Europa no estaba en capacidad de producir. La producción agrícola europea promediaba sólo el 83 por ciento de sus volúmenes de preguerra, la producción industrial solamente el 88 por ciento, y las exportaciones apenas el 59 por ciento.

La situación política era igualmente precaria. Pese a los acuerdos alcanzados entre los Aliados, los soviéticos pugnaban abiertamente por el control de Europa. El descontento y la inestabilidad social y económica abrían paso a los movimientos revolucionarios de izquierda. En algunos países como Francia, los partidos comunistas locales controlaban casi un tercio del electorado y tenían prestigio por su papel en la resistencia contra el nazismo. Había el peligro de que el comunismo se extendiera por toda Europa occidental.

Dos detonantes pusieron en marcha la contraofensiva norteamericana: con el tratado de Postdam de 1945, Stalin reivindicó para la Unión Soviética disponer de la misma influencia y libertad de movimiento en Europa del Este que los otros aliados en Grecia e Italia. Además, en marzo de 1947, el crudo invierno y el agotamiento de las reservas obligaron a los ingleses a salir de Grecia, país envuelto en la desestabilización y la guerra civil. Y en abril de ese mismo año, fracasaron los acuerdos de paz en la Conferencia de Moscú. Un programa de reconstrucción europea por parte de los Estados Unidos significaría "la violación de las soberanías nacionales", había dicho tajantemente el ministro del Exterior soviético, Vyacheslav Molotov, a los cancilleres de Inglaterra y de Francia.

El secretario de Estado, Marshall, quien encabezaba la delegación norteamericana, salió de la Conferencia convencido de que los líderes soviéticos buscaban obtener una ganancia política de la crisis económica en Europa, que abría el camino a la victoria de los partidos comunistas locales y a la influencia soviética en un área vital para la seguridad norteamericana. "El paciente se hunde mientras los médicos deliberan", dijo Marshall en una entrevista de radio a su regreso de Moscú; y después en Harvard, ya más explícitamente: "Nuestra política no está dirigida contra ningún país o doctrina, sino contra el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos", pero "gobiernos, partidos políticos y grupos, que busquen perpetuar la miseria humana para beneficiarse de ello políticamente o de otra forma, encontrarán la oposición de los Estados Unidos".

El plan Morgenthau

La primera propuesta para la Alemania de posguerra provino del Secretario del Tesoro, Henry Morgenthau Jr. (1891-1967), quien en lugar de fomentar la reconstrucción, exigió la eliminación de las industrias de los valles de¡ Ruhr y del Saar, a fin de convertir a Alemania "en un país principalmente agrícola y pastoril". "No me importa lo que le ocurra al pueblo alemán", había dicho en septiembre de 1944, "yo tomaría cada fábrica y cada planta alemana y la destruiría".

Lo que se conoció como el Plan Morgenthau, no muy distinto a los planes de austeridad del FMI de hoy en día, proponía textualmente que la zona industrial del Ruhr "debería ser no solamente despojada de todas las industrias existentes, sino debilitada y controlada de tal forma que no pudiera convertirse en el futuro en una zona industrial... todas las plantas industriales y los equipos que no hayan sido destruidos por la acción militar deben ser completamente desmantelados o removidos del área o completamente destruidos; todo equipo debe ser removido de las minas y éstas demolidas". Como era de esperarse, Inglaterra respaldó el plan, particularmente Winston Churchill.

Otros funcionarios del gobierno se opusieron fervientemente, así como el propio pueblo norteamericano. Las razones eran obvias, aparte de los aspectos morales involucrados y de las implicaciones políticas, el Ruhr no era solamente un gran activo industrial alemán, sino de toda Europa. La producción industrial del Ruhr suplía buena parte de las necesidades europeas y, de clausurarse, la economía europea difícilmente podría recuperarse. El propio secretario de Estado de Roosevelt, Cordell Hull, había catalogado la propuesta de Morgenthau como "un plan de venganza ciega". "Golpear a Alemania era golpear a toda Europa", sentenció.

En realidad, Hull se quedaba corto. El Plan Morgenthau era equivalente al tristemente célebre Tratado de Versalles, impuesto a los alemanes después de la Primera Guerra Mundial con el fin de obligarlos a pagar reparaciones de guerra. Esto indujo a Alemania a llevar a cabo un programa de austeridad tipo FMI, con altas tasas de interés bancarias, devaluación constante y progresiva de la moneda. La imposibilidad de pago de las cuotas anuales establecidas en Versalles desencadenó una recesión económica que se extendió al mundo y generó una inestabilidad política que desembocó en el régimen totalitario de Hitler, preludio de la Segunda Guerra Mundial. Golpear a Alemania, como proponía Morgenthau, era crear las condiciones para una nueva guerra mundial.

Cuando los norteamericanos vencieron e invadieron Alemania, casi lo primero que hicieron, fue poner a trabajar el Ruhr a su máxima capacidad, a fin de restablecer aceleradamente la economía alemana y la del resto de Europa.

Comienza el Plan Marshall

El 12 de julio de 1947, se inició en París una nueva Conferencia con la asistencia de delegados de dieciséis naciones europeas: Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Grecia, Gran Bretaña, Holanda, Islandia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Noruega, Portugal, Suecia, Suiza, y Turquía. Los soviéticos no asistieron y además impidieron la asistencia de Polonia y Checoslovaquia.
Durante dos meses, los delegados delinearon un plan de recuperación similar al propuesto por los norteamericanos y, luego de algunas deliberaciones adicionales en Washington, este plan se convirtió en el Programa de Recuperación Europea presentado en diciembre de 1947 por el presidente Harry Truman al Congreso de los Estados Unidos.
Evidentemente, el Plan tuvo resistencia dentro de los Estados Unidos, porque significaba utilizar el dinero de los impuestos para ayudar a países extranjeros. Miembros del Congreso, como por ejemplo el senador Robert Taft, expresaron su oposición por razones meramente monetarias, pero el Gobierno realizó una exitosa campaña para convencer a las fuerzas políticas y al propio pueblo norteamericano, explicando, entre otras cosas, que la ayuda, bien canalizada, serviría para reactivar la economía productiva estadounidense, como en efecto sucedió.
En lo interno, se dijo a los norteamericanos que se trataba de "un negocio". La ayuda a Europa se canalizaría a través de la exportación de productos nacionales. Pronto, decía la propaganda oficial, irían los funcionarios del Plan Marshall a cada ciudad y cada pueblo para comprar bienes, lo cual significaría empleo y beneficio para todos.
En lo externo, Europa calificó el Plan, en palabras del canciller británico, como "una soga lanzada a un hombre que se está hundiendo"; era "llevar la esperanza adonde no había ninguna".
De paso, en febrero de 1948 los comunistas, apoyados por la Unión Soviética dieron un golpe de Estado contra el gobierno democrático de Checoslovaquia, aumentado de esta forma los temores de una expansión roja en todo el continente europeo.
Así que con el voto de 329 representantes a favor y 74 en contra, y de 69 senadores contra 17, el Congreso norteamericano aprobó el Plan Marshall en la primavera de 1948.
El Programa consistió de una ayuda de 5 mil millones de dólares en los primeros dieciocho meses, que luego se extendió por un total de cinco años a una cifra de 13 mil millones de dólares, equivalente al 7 por ciento del presupuesto norteamericano y a más del 1 por ciento de su Producto Interno Bruto durante esos cinco años.

Características del Plan Marshall

Entre las lecciones que los venezolanos podemos aprender del Plan Marshall hay cuatro:

Primero,
el financiamiento norteamericano de 13 mil millones de dólares consistió apenas del trece por ciento del total de los recursos, puesto que los europeos suministraron en sus propias monedas el equivalente a 100 mil millones de dólares. Sin embargo, el dinero del Plan Marshall sirvió de alimentador del proceso, sin el cual no habría podido formarse el capital europeo involucrado en la reconstrucción.

Segundo, la ayuda no fue suministrada indiscriminadamente, sino que estuvo estrictamente dirigida hacia aquellos aspectos que multiplicaran la producción o que eliminaran los cuellos de botella existentes; es decir, sirvió para suministrar solamente el "margen crítico" que requerían los europeos, el resto lo hicieron ellos mismos. En Francia, sirvió para poner en marcha el Plan Monnet de modernización y re-equipamiento de la industria; en Italia, para fomentar proyectos agrícolas e industriales, así como de obras públicas, a fin de generar empleo masivamente; en Austria, para reparar la Represa de Limberg y otros componentes de un vasto programa hidroeléctrico, así como las plantas de acero de Donawitz y Linz; en Grecia, ayudó a reabrir el Canal de Corinto y restaurar el famoso Expreso de Oriente, que de nuevo comunicó a ese país con Europa Occidental; en Holanda para financiar la construcción de viviendas para obreros industriales; y así sucesivamente. Aunque Gran Bretaña, ni corta ni perezosa, también aprovechó los recursos del Plan Marshall para refinanciar la deuda pública de corto plazo del Banco de Inglaterra.

Tercero, a diferencia del programa de ayuda de Chávez a los damnificados del 15-D, centralizado en las Fuerzas Armadas (excluyendo explícitamente a la empresa privada), el gobierno de los Estados Unidos convocó a una gran alianza oficial sobre todo con la empresa privada, pero también con los sindicatos y las organizaciones agrícolas. De hecho, fue principalmente el sector privado norteamericano y europeo el que llevó a cabo la reconstrucción de Europa, los gobiernos simplemente suministraron el financiamiento y la coordinación necesarios. Marshall y demás funcionarios gubernamentales norteamericanos y europeos, sabían bien que el reto de la reconstrucción era demasiado amplio y complejo como para ser llevado a cabo por ellos solos, así que recurrieron a los "mejores cerebros" de ambos continentes, encontrándolos en la empresa privada. EL secreto del Plan Marshall consistió en haber sido presentado, y llevado a cabo, como un "business plan", un apetecible plan de negocios mediante el cual, utilizando como punto de partida la reconstrucción, habría inversión, empleo, ganancias y beneficios para todos aquellos que desearan participar.

Y cuarto, el Plan Marshall estuvo fundamentado en el avance científico y tecnológico. No se limitó a fomentar la reconstrucción de Europa a los mismos niveles productivos anteriores a la guerra, sino que incorporó en la industria europea la tecnología de punta norteamericana y reavivó el sector ciencia y tecnología en los países de Europa, a fin de multiplicar y optimizar la producción. Para lograrlo, centenares de "equipos de productividad" viajaron a los Estados Unidos, mientras que la Administración de Cooperación Europea (ECA), organización que administró los recursos del Plan Marshall por parte de los norteamericanos, mantuvo en Europa 372 expertos, tan sólo durante el segundo trimestre de 1951. Durante los cinco años que duró el plan, equipos conjuntos de científicos y expertos desarrollaron nuevos procesos de producción, estandarizaron y simplificaron los procesos industriales, expandieron el uso de la automatización en la industria, y se formaron nuevas generaciones de capitanes de empresa e investigadores científicos.

Resultados

Para 1951, el Plan había demostrado ser todo un éxito.

En cuanto a la economía "visible", a la que Marshall había hecho referencia en su discurso de Harvard, el Producto Interno Bruto europeo saltó 32 por ciento durante el período que duró el Programa, de 120 millardos de dólares a 160 millardos. La producción industrial superó en 40 por ciento los niveles de preguerra, mientras que la producción agrícola en 11 lo hizo por ciento.

Desde 1948 hasta 1951, Europa importó, con la ayuda del Plan Marshall, 1.500 millones de dólares en combustibles; 3.400 millones en comida, pasto, y fertilizantes; y 1.800 millones de dólares en maquinaria, equipo y vehículos.

Y en cuanto a los aspectos no tan "visibles", se restablecieron los antiguos vínculos comerciales y se crearon nuevos, se restableció y se incrementó el intercambio entre el campo y la ciudad, se devolvió la confianza de los europeos en sus monedas nacionales, y se derrotó la amenaza del avance político de los comunistas.

Respecto a la economía norteamericana, también resultó un rotundo éxito, puesto que se cumplió con creces la promesa oficial de incrementar la actividad productiva de ese país. El aumento de la productividad proveniente del esfuerzo conjunto en el sector ciencia y tecnología para la reconstrucción de Europa, significó para el norteamericano promedio mayores beneficios a través de su propio trabajo que lo que hubo de pagar en impuestos para financiar los 13 mil millones de dólares del Plan Marshall.


Anexo

Discurso de George Marshall en la Universidad de Harvard

Seguidamente, el texto completo del discurso pronunciado por el Secretario de Estado norteamericano George C. Marshall en la Universidad de Harvard el 5 de junio de 1947, que dio inicio al programa de ayuda a la reconstrucción europea conocido como el Plan Marshall.

Necesito decirles, caballeros, que la situación mundial es muy seria. Eso debería ser evidente para todas las personas inteligentes. Considero que una de las dificultades es que el problema es de una complejidad tan enorme que el caudal de hechos presentados al público a través de la prensa y la radio hace excesivamente difícil para el hombre común obtener una clara evaluación de la situación. Además, el pueblo norteamericano está lejos de las áreas problematizadas de la tierra y le es difícil comprender los aprietos y las reacciones consiguientes de los pueblos sufridos, y el efecto de esas reacciones en sus gobiernos en conexión con nuestro esfuerzo para promover la paz en el mundo.

Al evaluar los requisitos para la rehabilitación de Europa, la pérdida física de vidas y la destrucción visible de ciudades, fábricas, minas y ferrocarriles, fueron correctamente estimados, pero se ha hecho obvio durante los últimos meses que esta destrucción visible era probablemente menos importante que la dislocación de todo el tejido de la economía europea. Durante los últimos diez años, las condiciones han sido altamente anormales. La preparación febril para la guerra y el mantenimiento aún más febril del esfuerzo de guerra englobaron todos los aspectos de las economías nacionales. La maquinaria se ha desmoronado o es ya totalmente obsoleta. Bajo la dominación destructiva y arbitraria de los nazis, virtualmente cada empresa existente fue engranada en la máquina de guerra alemana. Antiguos vínculos comerciales, instituciones privadas, bancos, compañías de Seguros, y compañías de transporte, desaparecieron a través de la pérdida del capital, absorción Por medio de la nacionalización, o simplemente por destrucción.

En muchos países, la confianza en la moneda local está severamente golpeada. La ruptura de la estructura de negocios de Europa durante la guerra ha sido total. La recuperación ha sufrido un serio retraso por el hecho de que dos años después del cese de hostilidades no se ha alcanzado un acuerdo de paz entre Alemania y Austria. Pero aún sí se hubiesen encontrado soluciones más ágiles a estos difíciles problemas, la rehabilitación de la estructura económica de Europa evidentemente requerirá mucho más tiempo y esfuerzo de lo previsto.

Hay una fase de este asunto que es grave e interesante ala vez. El agricultor siempre ha producido comestibles para intercambiarlos con el citadino por otras necesidades de la vida. Esta división del trabajo es la base de la civilización moderna. En estos momentos, hay la amenaza de que colapse.

Las industrias de pueblos y ciudades no están produciendo bienes adecuados para intercambiarlos con los agricultores productores de alimentos. El suministro de materias primas y combustibles es insuficiente. El agricultor y el campesino no pueden encontrarlos bienes a la venta que desea comprar. Así que la venta de los productos de su granja a cambio de dinero que no puede utilizar le parece una transacción nada provechosa. Por lo tanto, ha retirado muchos campos del cultivo de cosechas a fin de usarlos para pastar. Le proporciona más cereales al ganado y obtiene para sí y para su familia un amplio suministro de alimentos, aunque le falten ropa y otros artículos ordinarios de la civilización. Mientras tanto, los habitantes de la ciudad sufren recortes de alimentos y combustible. Así que los gobiernos están forzados a usar sus monedas extranjeras y sus créditos para procurar estas necesidades en el exterior. Este proceso agota los fondos que son urgentemente requeridos para la reconstrucción. Así que está desarrollándose rápidamente una situación muy grave que no augura ningún bien para el mundo. El sistema moderno de la división del trabajo sobre el que se basa el intercambio de productos corre el riesgo de colapsar.

La verdad es que durante los próximos tres o cuatro años, la necesidad de Europa de alimentos extranjeros y de otros productos esenciales -particularmente de los Estados Unidos- son tan mucho mayores a lo que está actualmente en capacidad de pagar, que necesitará de ayuda sustancial adicional o deberá enfrentar un deterioro económico, político y social de carácter muy grave.

El remedio yace en romper el círculo vicioso y restaurar la confianza de los europeos en el futuro económico de sus propios países y de toda Europa. El fabricante y el agricultor a través de amplias zonas deben ser capaces y estar dispuestos a intercambiar sus productos por monedas cuyo valor permanente no está sujeto a discusión.

Aparte del efecto desmoralizador en el mundo en general y de las posibilidades de que surjan disturbios como resultado de la desesperación de la gente involucrada, las consecuencias para la economía de los Estados Unidos debieran ser aparentes para todos. Es lógico que los Estados Unidos debieran hacer lo que esté a su alcance para ayudar en la restauración de la salud económica normal del mundo, sin la cual no puede haber estabilidad política y seguridad de paz. Nuestra política no está dirigida contra algún país o doctrina sino contra el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos.

Su propósito debe ser la reactivación de una economía funcional en el mundo a fin de dar lugar al surgimiento de condiciones políticas y sociales en que las instituciones libres puedan existir. Esta ayuda, estoy convencido, no puede ser dada a trozos, a medida que surjan las diversas crisis. Cualquier asistencia que este Gobierno pueda dar en el futuro, debe proveer una cura en lugar de un mero paliativo. Cualquier gobierno que desee apoyar este esfuerzo de recuperación encontrará toda la cooperación, estoy seguro, por parte del Gobierno de los Estados Unidos. Cualquier gobierno que maniobre para bloquearla recuperación de otros países no puede esperar apoyo nuestro. Aún más, gobiernos, partidos políticos, o grupos que busquen perpetuar la miseria humana a fin de beneficiarse de ello políticamente o de otra forma encontrarán la oposición de los Estados Unidos.

Es evidente que antes de que el Gobierno de los Estados Unidos pueda profundizar sus esfuerzos para aliviar la situación y ayudar al mundo europeo a emprender su camino hacia la recuperación, debe haber algún acuerdo entre los países de Europa sobre lo que la situación requiere y sobre los aspectos que esos países asumirán por sí mismos, a fin de canalizar adecuadamente cualquier acción que pueda emprender este Gobierno. No sería apropiado ni eficaz que este Gobierno emprendiera unilateralmente el delineamiento de un programa diseñado para levantar económicamente a Europa. Este es un asunto de los europeos. La iniciativa, pienso, debe provenir de Europa. El papel de nuestro país debería consistir de una ayuda cordial en la elaboración de un programa europeo y de un apoyo posterior de tal programa, siempre y cuando sea práctico el que nosotros lo hagamos. El programa debería ser conjunto; acordado por un buen número, si no todos, los países europeos.

Un aspecto esencial de cualquier acción exitosa por parte de los Estados Unidos es una comprensión por parte del pueblo norteamericano del carácter del problema y de los remedios a ser aplicados. La pasión política y el prejuicio no deberían tener cabida. Con visión de largo alcance y con voluntad por parte de nuestro pueblo para asumir la gran responsabilidad que la historia claramente ha puesto sobre nuestro país, las dificultades que he delineado pueden ser y serán superadas.