Marxismo y liberalismo: dos caras de una misma moneda

Por: Alejandro Peña Esclusa (abril de 2000)

En su más reciente viaje a España, el presidente Chávez declaró que "el neoliberalismo es el camino al infierno". Días más tarde, el líder del Partido de los Trabajadores de Brasil, Luis Ignacio (Lula) da Silva, alentó a los nuevos gobiernos de Argentina y Chile a convertirse en "un muro de contención frente a la expansión del neoliberalismo", asegurando que "si hubiese un lugar en el mundo, donde haya un espacio para la izquierda, ese se llama América Latina".

Ya en 1996, los Superiores Provinciales de la Compañía de Jesús en América Latina y el Caribe publicaron una carta denominada "El Neoliberalismo en América Latina", en donde denuncian los efectos de las medidas económicas aplicadas en los últimos años en el "empobrecimiento de millones de latinoamericanos".

Hasta Michel Camdessus, director general del Fondo Monetario Internacional, organismo de corte liberal que fija los lineamientos de la economía mundial, justo antes de abandonar el cargo en febrero pasado, se vio obligado a confesar -no sin antes recibir un tortazo en plena cara por parte de una activista que protestaba contra el FMI- que existe una brecha creciente entre ricos y pobres dentro de cada nación y la que hay entre países ricos y pobres es "intolerable desde el punto de vista moral, un derroche desde el punto de vista económico y potencialmente explosiva desde el punto de vista social". En ese mismo momento, una coalición de Organizaciones No Gubernamentales acusaba al FMI y al Banco Mundial de ser los causantes de la pobreza de millones de personas por forzar sobre los países con dificultades económicas, programas neoliberales de ajustes fiscales, privatizaciones y reducción del gasto social.

Las acusaciones no se limitan a algunos organismos privados. A principios de marzo, una comisión de notables contratados por el Congreso de los Estados Unidos, elaboró un informe en donde se critica duramente las políticas del FMI y el Banco Mundial, y plantea que el FMI debe limitarse a prestar a naciones durante crisis financieras, dar información estadística, y asesorar gobiernos exclusivamente cuando ellos así lo soliciten.

Sin embargo, el evidente fracaso del liberalismo conlleva muchas veces la tentación de retornar al también fracasado socialismo, como en efecto proponen Lula y muchos otros líderes, incluso sacerdotes, conduciéndonos así al otro extremo del movimiento pendular que ha caracterizado a nuestros países durante el último siglo: de regímenes de izquierda oscilamos hacia dictaduras de derecha, lo cual nos hunde cada vez más en el subdesarrollo.

Irónicamente, como veremos a continuación, las raíces filosóficas de la derecha neoliberal son idénticas a las del izquierdismo marxista, y los modelos económicos que se derivan de ellos son muy similares. Y por eso, no es de extrañar que un detractor del liberalismo y declarado seguidor del marxista Antonio Gramsci, como Hugo Chávez, lleve a cabo un programa de ajustes aún más severo que el del Fondo Monetario Internacional; y que Janet Kelly, coordinadora de Políticas Públicas del IESA, conocido centro de estudios liberal, alabe la política monetaria del gobierno, como ocurrió a mediados de marzo.

Constituye un imperativo para el desarrollo y hasta para la supervivencia de nuestras naciones, desechar para siempre esos modelos gemelos y adoptar las filosofías y programas que han hecho grandes a los países industrializados.

Bernard Mandeville, filósofo del liberalismo.

Para conocer las raíces filosóficas del liberalismo, es fundamental analizar la obra del holandés Bernard de Mandeville, quien nació en Rotterdam en 1670, pero vivió buena parte de su vida en Inglaterra.

Aunque estudió medicina, Mandeville, ávido lector, se convirtió en un famoso escritor. Era uno de los autores más leídos y célebres de su tiempo. Sus obras se vendían no solamente por ediciones, sino literalmente por docenas de ediciones.

Mandeville tuvo una influencia determinante en el pensamiento de los economistas y filósofos liberales como Adam Smith, David Hume y Jeremy Bentham. El economista Friederich Von Hayek aseguró que Mandeville inspiró el argumento de Adam Smith sobre el libre comercio, presentado en su célebre obra La Riqueza de las Naciones.Mandeville plasma su concepción moral en una de sus obras, la Investigación sobre el Origen de la Virtud Moral (ver extractos más adelante), en donde asegura que el hombre es un simple animal y, como ocurre con éstos, la moral no existe como algo preestablecido; es un mero invento de los gobernantes para aprovecharse de las clases dominadas. La forma de diseminar la concepción de la moral en la sociedad, dice Mandeville, es a través de trucos, engaños y adulaciones:

Los "sabios examinaron detenidamente las fortalezas y las flaquezas de nuestra naturaleza y sacaron la conclusión de que nadie es tan salvaje que no le ablanden las alabanzas, ni tan vil como para soportar pacientemente el desprecio, y concluyeron, con razón, que la adulación tiene que ser el argumento más eficaz que pueda usarse con las criaturas humanas. Poniendo, pues, en práctica esta hechicera máquina, ensalzaron las excelencias de nuestra naturaleza, colocándola por encima de la de otros animales... Después de haberse insinuado así en los corazones de los hombres, por medio de esta ladina adulación, empezaron a instruirles en las nociones del honor y la vergüenza, representando a uno como el más alto bien a que pueden aspirar los mortales y al otro como el peor de los males... Esta fue la manera como se domó al hombre salvaje, pues es evidente que los primeros rudimentos de moralidad introducidos por hábiles políticos... fueron maquinados principalmente con el fin de que los ambiciosos pudieran obtener el mayor beneficio posible y gobernar sobre gran número de individuos con toda facilidad y seguridad".

Mandeville expuso el corolario económico de su peculiar tesis en un poema titulado La fábula de las abejas, en donde compara la sociedad con un panal. Según él, las abejas progresan porque buscan denodadamente satisfacer sus vicios, placeres y pasiones, no porque quieran mejorar su condición o porque deseen solucionar los problemas del panal.

En su fábula, las abejas vivían con lujos y comodidades gracias al engaño, el raterismo, la falsificación, el juego, la corrupción, la estafa y todo tipo de vicios; pero en conjunto, todo, según él, era un paraíso, puesto que "el vicio nutría al ingenio, el cual, unido al tiempo y la industria, traía consigo las conveniencias de la vida". Es decir, que el vicio privado conllevaba el beneficio público. Un buen día, a las abejas se les ocurrió solicitar a los dioses liberarlas de los vicios, utilizando para ello argumentos de tipo moral. Los dioses aceptaron y al poco tiempo el panal se vio envuelto en una terrible hambruna y depresión económica, porque ya no había incentivos para el esfuerzo personal.

Esta tesis se convirtió en la filosofía fundamental del liberalismo inglés: dejar que las fuerzas espontáneas del individuo, aunque puedan ser estimuladas por el vicio, se conviertan en el principal motor de la economía, sin intervención alguna de la moral, ni de la religión, ni del Estado.

Adam Smith, discípulo de Mandeville

La filosofía moral del célebre economista inglés, Adam Smith, es menos explícita y más cuidadosamente elaborada, pero en esencia, es igual a la de Mandeville.

No llega a afirmar que la moral es un invento, un engaño de los poderosos para dominar a los demás, pero dice que no existe y que se forma arbitrariamente según la experiencia particular de cada sociedad. Para Smith, no existen verdades universales, válidas para todos los hombres y para todos los tiempos; no existe una concepción absoluta del bien y del mal; lo que hay son valores relativos que se aplican o no, conforme la sociedad los adopte a su real saber y entender.

En su Teoría de los Sentimientos Morales (ver citas), Adam Smith dice: "La manera como se forman las reglas generales éticas, es descubriendo que en una gran variedad de casos un modo de conducta constantemente nos agrada de cierta manera, y que, de otro modo, con igual constancia, nos resulta desagradable. Empero, la razón no puede hacer que un objeto resulte por sí mismo agradable y desagradable; la razón sólo puede revelar que tal objeto es medio para obtener algo que sea placentero o no". En otro párrafo añade: "Nuestra observación constante de la conducta ajena, insensiblemente nos lleva a la formación de ciertas reglas generales relativas a lo que es debido y conveniente ya sea hacer o evitar... Así es como se forman las reglas generales de la moralidad. En última instancia están fundadas en la experiencia de lo que, en casos particulares, aprueban o reprueban nuestras facultades morales o nuestro sentido del mérito y de la conveniencia".

Nótese bien que Smith, al igual que su predecesor Mandeville, asegura que no existen ideas innatas respecto a la moral, pero encima opina que la razón humana no es capaz de discernir lo que es bueno y lo que es malo, sino que depende de una "facultad moral" para aprobar o reprobar la conducta general. Este aspecto llama poderosamente la atención, porque si la moral no existe per se, sino que se crea con la experiencia, ¿cómo es posible que exista una facultad moral para detectarla?.

Smith da la respuesta más adelante: "El placer y el dolor son los principales objetos del deseo y de la aversión; pero éstos no se distinguen racionalmente, sino que se distinguen por medio de un sentido inmediato y una emoción. Si la virtud, pues, es deseable por sí misma, y si, del mismo modo, el vicio es objeto de aversión, síguese que no puede ser la razón, sino el sentido inmediato y la emoción, lo que distingue esas diferentes cualidades".

Luego concluye: "Podría decirse, quizá, que aunque el principio de la aprobación no está fundado en un poder de percepción que sea en alguna manera análogo a los sentidos externos, aún podría estar fundado en algún sentimiento especial que respondiese a ese fin particular y ningún otro. Podría pretenderse que la aprobación y reprobación son un determinado sentir o emoción que surgen en la mente provocados por ciertos sujetos o acciones".

Sentimientos, emociones, percepciones y experiencias. No existe forma inteligible, pues, de discernir entre el bien y el mal, a no ser por un procedimiento un tanto mágico.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, Smith admite la existencia de una filosofía cristiana, expresada entre otros por Santo Tomás de Aquino, y hasta la plantea: "la mente posee, con prioridad a toda ley, una noción de los distingos entre el bien y el mal, y esa noción procede de la razón", pero a seguidas intenta refutarla diciendo que esas cosas fueron "aceptadas en esa época en que la ciencia abstracta de la naturaleza humana estaba en pañales".

Adam Smith

l corolario económico de Smith se parece mucho al de Mandeville y está expresado en La Riqueza de las Naciones: el Estado ni ninguna otra fuerza debe intervenir en la economía, pues la acción espontánea de las fuerzas individuales se encarga de motorizarla. Según Smith, el regulador de la economía es, como él la llama, una "mano mágica": la del mercado. Tan mágico como la facultad moral antes referida. Entonces, en la economía tampoco existe un criterio inteligible para determinar qué conviene al desarrollo nacional y qué no; hay que dejárselo todo al mercado.

Como consecuencia de esa forma de pensar, los liberales, una vez en el poder, intentan desmantelar el Estado y dejan la economía a la deriva, confiando en el "orden espontáneo". Sin embargo, como el interés individual no es siempre el de las mayorías y como no hay una ley moral que los guíe, la especulación financiera y monetaria, la apertura indiscriminada a la importación, el alza injustificada de las tasas de interés, y otras prácticas "espontáneas" basadas sólo en la ganancia y la ambición desmedidas, terminan por entregar el poder a los dueños de los grandes monopolios financieros internacionales, coincidentemente los mismos que propalan el libre cambio. Así, el productor nacional quiebra y el país va la bancarrota. Invariablemente, las mayorías cargan con las consecuencias de la crisis por medio del hambre, la pobreza, y el desempleo, como ha ocurrido en América Latina durante los últimos años.

La miseria provocada por este modelo, crea a su vez las condiciones para que un sector izquierdista desestabilice al Estado liberal, promoviendo el odio y la lucha de clases, que eventualmente tienen acogida en las masas resentidas por la injusticia. De esta manera, el péndulo se desplaza hacia la alternativa marxista.

Irónicamente, las fuerzas internacionales que promueven el liberalismo en nuestros países, no lo aplican en los suyos. Basta para comprobarlo tratar de exportar nuestros productos agrícolas a Europa y Estados Unidos. Nos encontraremos con barreras proteccionistas y subsidios a su producción, que a nosotros nos impiden implementar. Por eso, no es descabellado afirmar que las teorías económicas que nos venden desde el norte son a veces formas modernas de colonización, a través de las cuales nos mantienen dominados sin el uso de las armas.

La filosofía moral marxista

Marx presentó su concepción moral en diversos documentos, como el 18 Brumario de Luis Bonaparte donde afirma que: "Sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, formas de pensamiento y concepciones filosóficas particulares. La clase entera crea y plasma estos elementos sobre la base de las condiciones materiales y de las relaciones sociales correspondientes".

Coincidiendo casi textualmente con Mandeville, Marx afirma que la clase dominante crea una superestructura a su conveniencia: un tipo de religión, de moral, de estado, de sociedad, de familia, etc. Esta superestructura es un simple invento del hombre para dominar a los demás, no algo intrínseco a la naturaleza humana.

Uno de los más influyentes marxistas de este siglo, Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano (ver reseña), adopta la filosofía moral de Marx y añade una distinción entre lo que él llama la "sociedad civil" y la "sociedad política". La primera es "el conjunto de los organismos denominados privados que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce sobre toda la sociedad"; es un campo de batalla intelectual donde las organizaciones triunfantes se apoderan de la dirección intelectual -es decir, de lo que se piensa- y de la dirección moral -es decir, lo que se valora- y atraen hacia el grupo dirigente la adhesión de las clases subalternas. El grupo dirigente se adueña de la estructura ideológica, impone su manera de ver las cosas y crean una determinada cosmovisión en el pueblo. Para ello, utilizan la Iglesia, la escuela, los medios de comunicación, etc.

La segunda, la sociedad política, es el conjunto de organismos, que ejercen una función coercitiva y de dominio directo en el campo jurídico, político y militar; es decir, la que tiene los tribunales, la policía y las armas para mantener la adhesión del pueblo a su proyecto.

Cuando la sociedad civil y la sociedad política chocan, es decir, cuando el pueblo pierde la credibilidad en los conceptos emitidos por la estructura de dominio ideológico, sobrevienen las crisis.

Para conquistar el poder, Gramsci propone a los comunistas combatir en el campo ideológico cultural y ganarse el apoyo de las masas para que éstas rompan con la sociedad política: "para ello hay que tratar de despojarla de su prestigio espiritual, desmitificando los elementos de su cosmovisión mediante una crítica continua y corrosiva. Esta crítica debe sembrar la duda, el escepticismo y el desprestigio moral en relación a quienes dirigen. Debe destruir sus creencias y sus instituciones y debe corromper su moralidad". El objetivo final es lograr el desprestigio de la clase hegemónica, de la Iglesia, del ejército, de los intelectuales, de los profesores, de la empresa privada, de los gremios, de los medios de comunicación, de los sindicatos; en fin, destruir las instituciones.

Una vez conquistado el poder, para mantenerlo Gramsci promueve el control ideológico de la sociedad, del mismo modo en que antes, según él, lo había hecho el "Estado burgués"; creando una nueva religión, una nueva moral, un nuevo tipo de familia y de sociedad, etcétera. Como puede verse, Gramsci ataca ferozmente al Estado burgués, pero imita sus herramientas de dominación.

En cuanto a la economía, una vez en el poder, los marxistas acaban con el incentivo individual (que no es el vicio, como alega Mandeville, sino el progreso personal y familiar) y otorgan todo el poder al Estado controlado por los comunistas; pero, como el objetivo es simplemente la dominación y como no hay una ley moral que los guíe, el Estado termina convirtiéndose en una herramienta de poder y de riqueza personal para los líderes del politburó, en detrimento de las mayorías que sufren de hambre y de pobreza, como ocurrió en la Unión Soviética y como ocurre actualmente en Cuba.

Como puede verse, el resultado final de la economía marxista es igual al de la economía liberal. Y aprovechando el descontento de la población, el sector derechista subvierte el orden marxista. Así, el péndulo se desplaza de nuevo hacia el lado liberal. Es un círculo vicioso a través del cual se cambia de signo político, pero se ponen en práctica variantes del mismo modelo, con las terribles consecuencias políticas y sociales que ello acarrea.

No es de extrañar, por cierto, que connotados marxistas, incluso de buena fe, se vuelquen al liberalismo más radical; después de todo, la concepción filosófica es idéntica, sólo cambian las banderas.

Llama la atención que el marxismo muchas veces tenga apoyo de las mismas fuerzas internacionales que promueven el liberalismo. Después de todo, Marx era un empleado a sueldo del Museo Británico; y el filósofo liberal inglés, Bertand Russell, fue quien promovió la Revolución Cultural de Mao Tse Tung en China, por citar sólo dos casos. Todo parece indicar son esas fuerzas las que mueven el péndulo a su antojo, para obtener provecho político y económico de nuestro subdesarrollo.

La ley moral natural cristiana

Según la filosofía cristiana, expresada en este caso por Santo Tomás de Aquino (ver recuadro), "el mundo es gobernado por la providencia divina, toda la comunidad del universo está regida por la razón de Dios. Y por consiguiente, la misma razón que gobierna todas las cosas tiene carácter de ley. Y ya que la razón divina no concibe nada en el tiempo, sino sólo en la eternidad, como se dice en el libro de los Proverbios (8, 23), de ahí se sigue que hemos de llamar eterna dicha ley".

"Entre las demás criaturas", continúa Santo Tomás, "el hombre está dirigido de un modo más excelente por la divina providencia, en cuanto él mismo cae bajo la dirección de la providencia, y a la vez dirige las cosas para su propio bien y el de los demás. De ahí que el hombre participa de la razón eterna, por lo cual se inclina naturalmente al debido orden de sus actos y de su fin. Y tal participación de la ley eterna en la criatura racional es lo que llamamos ley natural ...La ley natural no es otra cosa que la luz de la inteligencia puesta en nosotros por Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar ".

El Papa León XIII lo expresa de esta forma "La ley natural está inscrita y grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres porque es la razón humana que ordena hacer el bien y prohibe pecar... Pero esta prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz y el intérprete de una razón más alta".

Este enfoque moral no es exclusivamente cristiano, ya Platón en Grecia y Cicerón en Roma, mucho antes de Cristo, lo habían expresado a su manera: "Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón. Es conforme a la naturaleza, extendida a todos los hombres; es inmutable y eterna; sus órdenes imponen deber; sus prohibiciones apartan de la falta... Es un sacrilegio sustituirla por una ley contraria; está prohibido dejar de aplicar una sola de sus disposiciones; en cuanto a abrogarla enteramente, nadie tiene la posibilidad de ello" (Cicerón).

La ley natural -contraria a la concepción liberal y a la de su hermana gemela marxista- es universal en sus preceptos y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes. Aunque su aplicación varíe de acuerdo a las circunstancias: lugar, época, diversidad de cultura, etcétera, la ley natural es inmutable y permanente a través de las variaciones de la historia. Permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes. No se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre.

Sobre la ley natural se construyen las normas morales que guían al ser humano en sus decisiones e incluso sirve de base a la ley civil que necesariamente debe adherirse a ella. Principios como "no matarás", "no robarás", "no harás a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti", están inscritos en el alma del hombre, indistintamente de la experiencia particular de cualquier sociedad.

De la misma forma, la participación del hombre en la razón divina, lo faculta para acceder a las leyes de la física, la química, la biología, así como la ingeniería, con la cual se aplican estas disciplinas en la sociedad y de las cuales depende la vida moderna. No hay incoherencia alguna entre las leyes morales y las leyes físico químicas del universo.

Economía y ley natural

Un modelo económico acorde con la ley natural debe tener como primera prioridad al ser humano, y esto en dos aspectos: primero, porque la vida humana es sagrada y tiene un fin trascendente; por tanto, la economía debe asegurar la satisfacción de las necesidades básicas del hombre y elevar continuamente su dignidad.

Esto no tiene nada de "idealista" o "altruista"; no significa que los ricos regalen a los pobres todas sus pertenencias, aunque es deseable que compartan aquello que les sobre con los más necesitados; tampoco significa que el Estado reparta la riqueza en forma gratuita; simplemente consiste en crear las condiciones para que cada ser humano pueda acceder, con su propio trabajo y esfuerzo, a una vivienda digna, a la alimentación, la salud, el vestido, la educación, y a los servicios básicos.Segundo, porque el ser humano es la principal fuente de riqueza, no por la labor manual que realiza, sino por su capacidad creativa que, concretada a través de la ciencia y la tecnología, transforma la materia prima inerte en riqueza verdadera. En este sentido, un modelo económico exitoso debe tener como una de sus principales metas elevar los niveles educativos y culturales de la sociedad, a fin de que el hombre pueda ser más útil y productivo.

Al negar a Dios, y al negar la participación del ser humano en la ley eterna, tanto el marxismo como el liberalismo lo reducen a una mera condición animal, despreciando su verdadero valor económico -la capacidad creativa que lo asemeja a Dios- y lo hace sujeto de la explotación, ya sea por el Estado, en el caso del marxismo, o por las fuerzas del mercado, en el caso del liberalismo.

Existe un compendio teórico para una economía basada en la ley natural; fue el llamado cameralismo (productivismo) y que, por intereses espurios, se dejó de enseñar a fines del siglo 19 y por eso no está contemplado en ningún pénsum universitario. Existen las obras, por ejemplo, de economistas como Federico List (Alemania) y Henry Carey (Estados Unidos), protagonistas del desarrollo industrial de sus respectivas naciones, quienes lograron llevar riqueza y beneficio material a las grandes mayorías.

En contadas oportunidades y por breve plazo, algunas variantes del productivismo se han aplicado en este siglo; por ejemplo, el programa de reactivación económica de Roosevelt en medio de la depresión de los treinta, el Plan Marshall de reconstrucción de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial, y el programa espacial de Kennedy en los sesenta.

Uno de los objetivos de Fuerza Productiva es rescatar, actualizar y enriquecer ese compendio y presentarlo en la forma más pedagógica posible, como los hemos hecho con List y Carey en anteriores ediciones, a fin de deslastrarnos de una vez por todas de elaboraciones pseudo económicas que, por carecer de moral y por estar profundamente equivocadas, nos han mantenido en el circulo vicioso del subdesarrollo y la pobreza.


Anexos

La moral no existe, se inventa: Mandeville

Citas tomadas de Investigación sobre el Origen de la Virtud Moral, de Bernard Mandeville

«Todos los animales no educados tienen sólo el afán de procurarse satisfacción y naturalmente siguen sus inclinaciones, sin considerar el bien o el daño que su propia satisfacción pueda acarrear a otros. Esta es la razón por la cual, en un estado totalmente natural las criaturas más aptas para convivir pacíficamente en grandes números son aquellas que muestran menos inteligencia y tienen menor cantidad de apetitos que satisfacer; por consiguiente no hay especie de animal que sea, sin el freno del gobierno, más incapaz de concordar en multitud durante mucho tiempo, que ésta a la que pertenece el hombre, no obstante sus cualidades, buenas o malas, cosa que no voy a determinar, son tales que, fuera de él, no existe criatura de la que se pueda hacer un ser sociable; pero siendo, como es, un animal extraordinariamente egoísta y obstinado, a la par que astuto, no basta hasta qué punto esté subyugado por una fuerza superior, de cualquier manera es imposible, por la sola fuerza, hacerlo dócil y apto para recibir los perfeccionamientos de que es capaz.

Por lo tanto, el principal objeto que han perseguido los legisladores y otros hombres sabios que se desvelaron por la institución de la sociedad, ha sido el hacer creer al pueblo que habían de gobernar que era mucho más ventajoso para todos reprimir sus apetitos... Como esta tarea ha sido siempre dificultosa, no ha habido ingenio ni elocuencia que no se haya ensayado para lograrla. En todas las edades, moralistas y filósofos, para probar la verdad de tan útil aserto pusieron en juego todos sus talentos. Pero creyera esto la humanidad o no lo creyera, no es probable que alguien haya logrado persuadir a los hombres a condenar sus inclinaciones naturales o a preferir el bien de los otros al suyo propio, si al mismo tiempo no se les hubiera mostrado una recompensa que los indemnizara de la violencia que sobre ellos mismos tendrían que hacer para observar esta conducta. Los que intentaron civilizar a la humanidad no ignoraban esto; pero, siendo incapaces de otorgar tantas recompensas verdaderas como se necesitarían para satisfacer a todas las personas por cada acción individual, tuvieron que urdir una imaginaria que, como equivalente general por la dificultad de la negación de sí mismos, pudiera servir en todas las ocasiones, sin costarle nada a ellos ni a nadie, y que al mismo tiempo fuera muy aceptable para quienes esperaran.

Así, estos sabios examinaron detenidamente las fortalezas y las flaquezas de nuestra naturaleza y sacaron la conclusión de que nadie es tan salvaje que no le ablanden las alabanzas ni tan vil como para soportar pacientemente el desprecio, y concluyeron, con razón que la adulación tiene que ser el argumento más eficaz que pueda usarse con las criaturas humanas. Poniendo, pues, en práctica esta hechicera máquina, ensalzaron las excelencias de nuestra naturaleza, colocándola por encima de la de otros animales; alabaron con desaforados elogios lo maravilloso de nuestra sagacidad y la inmensidad de nuestra inteligencia; otorgaron mil encomios a la racionalidad de nuestras almas, con la ayuda de las cuales éramos capaces de realizar las más nobles empresas. Después de haberse insinuado así en los corazones de los hombres, por medio de esta ladina adulación, empezaron a instruirles en las nociones del honor la vergüenza, representando a uno como el más alto bien a que pueden aspirar los mortales y al otro como el peor de los males; hecho lo cual, les demostraron cuán impropio sería de la dignidad de tan excelsas criaturas dejarse dominar por aquellos apetitos que tiene en común con los brutos, sin considerar así las cualidades a que deben la supremacía sobre todos los seres visibles. Cierto es que admitieron lo apremiantes que son los impulsos de la naturaleza, el trabajo que cuesta resistirlos, y la ímproba tarea que supone subyugarlos totalmente. Pero esto tan sólo lo usaron como argumento para destacar, por una parte, la gloria que supone dominarlos y, por otra, la ignominia de no intentarlo.

Además, con el fin de introducir entre los hombres la emulación, dividieron a la especie en dos clases, completamente diferentes entre si: la una compuesta de gente abyecta, ruin, siempre a pos de los goces inmediatos, incapaz de abnegación, sin consideración para el bien de los otros ni más aspiración que sus intereses particulares; gente, en fin, esclavizada por la voluptuosidad, que sucumbe sin resistencia a toda clase de deseos indecorosos y que tan sólo emplea sus facultades racionales para hacer más exquisito el placer sensual. Estos seres, dicen, viles, despreciables y rastreros, la hez de su especie, que no tienen de humano más que la hechura, en nada se diferencian de las bestias sino en su aspecto exterior. Pero la otra clase se compone de criaturas sublimadas y espirituales que, libres del sórdido egoísmo, estiman los progresos de su Inteligencia como el más preciado de sus bienes; y conscientes de su verdadero mérito, no gozan sino con el embellecimiento de esa prenda en la que estriba su superioridad, despreciando todo lo que puedan tener de común con las criaturas irracionales, y resisten, con la ayuda de la razón, sus inclinaciones más violentas; y en continua lucha consigo mismos para fomentar la paz de los demás, anhelan nada menos que el dominio de sus propias pasiones y el bienestar público.

A éstos llamamos verdaderos representantes de su sublime especie, que excede en valor a la primera clase en más grados que ésta excede las bestias del campo...

Esta fue (o al menos pudo haber sido) la manera como se domó al hombre salvaje, pues es evidente que los primeros rudimentos de moralidad introducidos por hábiles políticos, para hacer que los hombres se ayudaran unos a otros sin dejar de ser dóciles, fueron maquinados principalmente con el fin de que los ambiciosos pudieran obtener el mayor beneficio posible y gobernar sobre gran número de individuos con toda facilidad y seguridad. Una vez establecido este fundamento de la política era imposible que el hombre permaneciera mucho tiempo sin civilizarse.

Siendo, pues, interés de los peores de entre ellos, más que de cualquier otro, predicar el espíritu público, para poder coger los frutos del trabajo y la abnegación de otros, y al mismo tiempo satisfacer sus propios apetitos con menores molestias, convinieron con los demás en llamar VICIO a todo lo qué el hombre, sin consideración por el público, fuera capaz de cometer para satisfacer alguno de sus apetitos, si en tales acciones vislumbrara la mínima posibilidad de que fuera nociva para algún miembro de la saciad y de hacerle menos servicial para los demás; y en dar el nombre de VIRTUD a cualquier acta por el cual el hombre, contrariando los impulsos de la Naturaleza, procurara el bien de los demás o el dominica de sus propias pasiones mediante la racional ambición de ser bueno...
Es evidente, por lo tanto, que lo que indujo primeramente al hombre a sofocar sus apetitos y a dominar sus inclinaciones más queridas, no fue ninguna religión pagana ni otras supersticiones idólatras, ceno la hábil dirección de los astutos políticos, y mientras más profundicemos en la naturaleza humana, más ticas convenceremos de que las virtudes morales son la prole política que la adulación engendra en el orgullo».


La experiencia es el origen de la moral: Adam Smith

Citas tomadas de la Teoría de los Sentimientos Morales, de Adam Smith

"Nuestra constante observación de la conducta ajena, insensiblemente nos lleva a la formación de ciertas reglas generales relativas a lo que es debido y conveniente ya sea hacer o evitar.

Algunas acciones de los otros escandalizan todos nuestros sentimientos naturales. Advertimos que todos los que nos rodean manifiestan igual aversión portales actos. Esto agrava nuestro natural sentido de su deformidad. Quedamos satisfechos de haberlos juzgado de un modo conveniente cuando advertimos que las otras gentes nos juzgan del mismo modo. Tomamos la resolución de no hacernos culpables de semejantes actos, ni, de ese modo, convertirnos jamás, por ningún motivo, en objeto de universal reprobación. De ésta manera es como naturalmente nos proponemos la regla general de que todos los tales actos deben evitarse en cuanto tienden a hacernos odiosos despreciables o acreedores al castigo, y objeto de todos aquellos sentimientos que nos inspiran el mayor temor y aversión.

Otros actos, por lo contrario, provocan nuestra aprobación, y de todos cuantos nos rodean oímos la misma opinión favorable respecto a ellos. Todo el mundo esta deseoso de honrarlos y premiarlos. Estimulan todos aquellos sentimientos que por naturaleza más deseamos: el amor, la gratitud, la admiración del prójimo. Surge en nosotros la ambición de emularlos, y así es como naturalmente sentamos una regla general distinta: que toda oportunidad de obrar de ese modo debe buscarse cuidadosamente.
Así es como se forman las reglas generales de la moralidad. Están en ultima instancia fundadas en la experiencia de lo que, en casos particulares, aprueban o reprueban nuestras facultades morales o nuestro sentido de mérito y de la conveniencia.

Originariamente no aprobamos o condenamos los actos en particular porque al examinarlos resulten estar de acuerdo o no con alguna regla general. Por lo contrario, la regla general se forma a través de la experiencia".


La revolución cultural de Antonio Gramsci

Cuando estaba en la cárcel de Yare, Chávez dio una entrevista televisada al ahora canciller José Vicente Rangel, en donde explicó que el modelo de su estrategia política era el ideólogo marxista Antonio Gramsci, quien fundó el Partido Comunista Italiano en 1921. Escribió desde la cárcel unos cuadernos que luego fueron publicados bajo el nombre de Quaderni del Carcere. Muchos lo consideran como el traductor al italiano de Lenin y el teórico de la revolución cultural marxista en Occidente.

Gramsci afirma que el marxismo es un "historicismo absoluto, la mundanización y terrestridad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto en la historia". Es decir, no admite nada eterno, nada que no haya tenido una presencia física en la historia. Al contrario, critica a todos aquellos que afirmen la existencia de alguna realidad fuera de la historia, catalogándolo de "pensamiento ingenuo y primitivo". En otras palabras, Gramsci promueve un rechazo total y consciente a la trascendencia: Dios no existe y mucho menos una ley natural.

Para conquistar el poder, Gramsci propone a los comunistas que deben combatir en el campo ideológico cultural y ganarse el apoyo de las masas para que así rompan con la sociedad política: "para ello hay que tratar de despojarla de su prestigio espiritual, desmitificando los elementos de su cosmovisión mediante una crítica continua y corrosiva. Esta crítica debe sembrar la duda, el escepticismo y el desprestigio moral en relación a quienes dirigen. Debe destruir sus creencias y sus instituciones y debe corromper su moralidad.

De acuerdo al escritor argentino, P. Alfredo Sáenz, autor de la obra Antonio Gramsci y la Revolución Cultural, "un objetivo muy importante de la estrategia gramsciana es lograr el desprestigio de la clase hegemónica. Y algo más: lograr que los que se opongan o intenten oponerse al orden nuevo, en especial los que denuncian su estrategia, sean reducidos al silencio. Esto es fácilmente conseguible a través de los órganos de difusión cultural; denigrar y ridiculizar a los que luchan contra la nueva cosmovisión, como si se tratara de gente retardataria, cavernícola, etc., que no está a la altura de los tiempos modernos. Tal fue uno de los métodos que seria predilecto del comunismo italiano, el de marcar a fuego al adversario. Gracias al influjo de los llamados 'formadores de opinión', hoy ya no se hacen necesarios los campos de concentración para los adversarios lúcidos del marxismo. Ya no será necesario emplear el terror físico contra los disidentes intelectuales de la nueva cosmovisión, de la nueva hegemonía. Bastará su marginación moral".

La estrategia de Gramsci incluye elevar al rango de cosa sagrada el advenimiento de una nueva democracia, de la que ellos, los comunistas, serían los inspiradores populares, reeditando el viejo dicho vox populi; vox Dei; "la voz del pueblo es la voz de Dios".

Sin bien tanto Marx como Gramsci decían que el cristianismo una reliquia del pasado, no perdieron la ocasión de referirse a él, e incluso lo consideraron el peor enemigo, porque según afirmaba Gramsci, mientras el catolicismo siguiera conservando su influjo en el sentido común, no habría perspectivas para el marxismo. De ahí que, dentro de sus grandes lineamientos, señaló una estrategia especial para llevar a cabo una feroz lucha contra la religión


La ley moral natural cristiana según Santo Tomás

Citas tomadas de la Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino

«La ley no es otra cosa sino el dictamen de la razón práctica de parte del soberano que gobierna una sociedad perfecta. Pero es claro que, siendo el mundo gobernado por la providencia divina, toda la comunidad del universo está regida por la razón de Dios. Y por consiguiente, la misma razón que gobierna todas las cosas tiene carácter de ley, siendo de Dios como de un soberano del universo. Y ya que la razón divina no concibe nada en el tiempo, sino sólo en la eternidad, como se dice en el libro de los Proverbios (8, 23), de ahí se sigue que hemos de llamar eterna dicha ley...

Por tanto, dado que todas las cosas gobernadas por la providencia están sujetas a la regla y medida de la ley eterna, como antes dijimos, es claro que todas las cosas participan de la ley eterna, en cuanto la llevan impresa en sus inclinaciones a los propios actos y fines. Y entre las demás criaturas, el hombre está dirigido de un modo más excelente por la divina providencia, en cuanto él mismo cae bajo la dirección de la providencia, y a la vez dirige las cosas para su propio bien y el de los demás. De ahí que el hombre participa de la razón eterna, por lo cual se inclina naturalmente al debido orden de sus actos y de su fin. Y tal participación de la ley eterna en la criatura racional es lo que llamamos ley natural... Y es que la luz natural, por la cual discernimos el bien y el mal, no es otra cosa sino la impresión de la luz divina en nosotros. De ahí resulta claro que la ley natural no es otra cosa sino la participación de la ley eterna en la criatura racional...

La razón no puede participar plenamente del dictamen de la razón divina, sino sólo de manera imperfecta, según su modo de ser. Y por tanto, así como por la razón especulativa participamos de la sabiduría divina y llegamos al conocimiento de algunos principios comunes, aunque no al conocimiento perfecto de cualquier verdad que se encuentre en la ciencia divina, del mismo modo de parte de la razón práctica el hombre participa naturalmente de la ley eterna, según ciertos principios comunes, aunque no abarque todos los casos en cada uno de sus movimientos particulares, tal como éstos se contienen en la ley eterna. Y por tanto es necesario que la razón humana vaya más adelante, sancionando por la ley algunas acciones particulares».

Por: Alejandro Peña Esclusa
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