El milagro económico de Henry Carey

Por: Alejandro Peña Esclusa (Noviembre de 1999)

En carta fechada en Londres el 5 de marzo e 1852, Carlos Marx manifestaba su gran preocupación por la influencia creciente de Henry Carey, a quien describía como "el único economista americano de importancia"; sin embargo hoy en día casi no se le conoce. Por ejemplo, sus principales libros, Principios de Economía Política (1837) y La Armonía de Intereses (1851), no han sido nunca traducidos al español, así que constituye un orgullo para Fuerza Productiva presentar a nuestros lectores una breve biografía del principal prócer de la industrialización de los Estados Unidos, a fin de que nos sirva como ejemplo para nuestro propio desarrollo.

¿Quién era Carey?

Su padre, Mathew Carey, había nacido en 1760 en Irlanda, y era hijo de un rico panadero que pudo darle una excelente educación. El joven Mathew se hizo impresor y fundó un periódico que imprimía él mismo, a través del cual atacó violentamente la dominación inglesa. Ello le acarreó primeramente la cárcel, y después el exilio.

Llegó a París en donde conoció a Benjamín Franklin, quien se desempeñaba en ese entonces como embajador de la recién fundada república americana. Franklin le confió los trabajos de imprenta de la embajada. Luego emigró a Filadelfia y, con el apoyo del Marqués de Lafayette, fundó una casa editorial que, por cierto, imprimió la obra del prócer venezolano Juan Germán Roscio, "El Triunfo de la Libertad sobre el Despotismo".

Henry Carey nació en Filadelfia en 1793, tres años después de la muerte de Franklin. Washington era entonces presidente de los Estados Unidos. Desde niño, Henry era un ávido lector y muy pronto se dedicó exitosamente a los negocios, no solamente a la casa editorial de la familia, sino a invertir en las principales industrias de Filadelfia, lo cual le permitió retirarse de la actividad comercial en 1835, a los cuarenta y dos años, para dedicarse por entero a lo que él consideraba era su vocación: escribir, edificar, y promover una doctrina completa de economía política.

Durante años fue uno de los redactores principales del New York Herald Tribune, en ese entonces el diario más influyente de los Estados Unidos en cuestiones económicas. Publicó libros, entre los cuales se encuentran, aparte de los arriba mencionados, El Pasado y el Futuro (1848), Principios de la Ciencia Social (1856), y La Unidad de la Ley (1872), a los cuales hay que añadir una copiosa correspondencia.

Fue miembro de numerosas e importantes sociedades, como la Academia Americana de Artes y Ciencias. Hablaba y escribía el francés muy bien. A la edad de sesenta años aprendió el alemán. Murióen 1879, a los 86 años.

La filosofía económica de Carey

Según el historiador R. L. Bruckberger, autor del libro La República Moderna (1958), algunos de cuyos extractos incluimos más adelante (ver documentación), Carey fue el verdadero creador del capitalismo industrial, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, lo cual explica tanto la aversión que le tenían los seguidores de Adam Smith, como la preocupación que manifestaba Marx por su influencia creciente.

En su obra (ver extractos más delante de La Armonía de Intereses), Carey criticó duramente la escuela de Adam Smith, argumentado que su único interés era hacer de Inglaterra "la fábrica del mundo", impidiendo a las demás naciones desarrollar sus propias manufacturas. De esta forma, decía, Inglaterra mantenía a las poblaciones del mundo, y su propio pueblo, en el atraso y la miseria.

"El sistema colonial británico procura bajos salarios, seguidos necesariamente de la incapacidad de dedicarle tiempo al mejoramiento intelectual. En cambio, el sistema de protección contempla altos salarios que permitan al trabajador mejorar su mente y educar a sus hijos. El niño inglés que viaja a este país se vuelve una persona educada y responsable. Si permanece en su país, permanece en la ignorancia bruta", decía Carey. El sistema de protección al cual Carey hacía referencia era la estrategia norteamericana de proteger su industria nacional de la importación indiscriminada de productos extranjeros, hasta que aquélla alcanzara el grado de desarrollo suficiente para competir con éstos.

Para el asombro de muchos, Carey acusó al sistema inglés de ser el principal causante del comunismo: "La política de Inglaterra tiende a producir el comunismo entre las naciones... el sistema inglés tiende a hacer a los ricos más ricos y a los pobres más pobres". Situación no muy distinta a la nuestra, por cierto, puesto que las recetas del Fondo Monetario Internacional, basadas en la escuela inglesa, empobrecen a los pueblos y dan pie a que surjan manifestaciones modernas del marxismo, como la guerrilla y el indigenismo.

Frente a la explotación del hombre en la búsqueda desenfrenada de dinero y frente a la dictadura del proletariado marxista, Carey proponía una "armonía" entre patronos y trabajadores, mediante la cual, a través del uso creciente de la tecnología, ambos sectores se beneficiaran, obteniendo aquellos mayores ganancias y éstos mejores condiciones de vida.

Carey no se limitó a escribir: desde 1840 hasta su muerte, dirigió personalmente el desarrollo de la economía norteamericana, utilizando como conductos el Departamento de Hacienda (particularmente durante el gobierno de Abraham Lincoln), y un poderoso grupo de industriales de Filadelfia, con él a la cabeza. Posteriormente, sus teorías se llevaron a cabo exitosamente en Japón, Rusia, y Alemania.

El complejo industrial de Carey

Siguiendo la propuesta de Carey de establecer un "sistema de protección" frente al libre cambio inglés, el Partido Republicano fijó aranceles de 50 a 90 por ciento contra las importaciones británicas, lo cual permitió el florecimiento de un poderoso complejo industrial con sede en Filadelfia que incluía: la Compañía Siderúrgica de Pennsylvania, la fábrica de máquinas herramienta William Sellers, la fábrica de locomotoras Baldwin, que pronto emergió como la mayor productora de bienes de capital del mundo, y muchas otras empresas industriales y mineras. Este conglomerado, cuyo principal líder era Henry Carey, era propiedad conjunta de una asociación conocida como los "Intereses de Filadelfia", que incluía a J. Edgar Thompson, Andrew Carnegie, William Sellers, Mathew Baird, y el general William Palmer, quien pronto construiría ferrocarriles en México. El financista principal del grupo era el célebre Jay Cooke, quien coordinó la obtención de fondos para el Ejército de la Unión, que ganó la Guerra de Secesión, evitando así el desmembramiento de los Estados Unidos. Los "Intereses de Filadelfia" tenían por objetivo hacer de los Estados Unidos una potencia industrial y exportar su revolución productiva al mundo entero, lo cual lograron magistralmente.

Carey sabía perfectamente, como escribió en su libro La Unidad de la Ley (ver documentación más adelante), que la riqueza no proviene de la posesión de valores materiales, sino de "la capacidad que tiene el hombre de poner bajo su comando las poderosas fuerzas de la naturaleza" a través de la ciencia y la tecnología.

Para competir exitosamente con los productos extranjeros, los "Intereses de Filadelfia" invirtieron cuantiosos recursos en la investigación, creando el Instituto Franklin de investigación científica y tecnológica, vinculado a la Universidad de Pennsylvania.

Entre los científicos vinculados al grupo se encontraba nada menos que el célebre Thomas Alva Edison. Además, establecieron relaciones con científicos de otros países, como el ruso Dimitri Mendeleyev, quien viajó a Pennsylvania en 1876.

Japón sigue el ejemplo de Filadelfia

En 1868, durante el período de la Restauración Meiji, la corriente renovadora del príncipe Tomomi Iwakura derrocó a los señores feudales Tokugawa, y llevó a la práctica un programa económico moderno con la ayuda de los discípulos de Henry Carey, como Edward Peshine Smith, quien fue nombrado oficialmente asesor del emperador Meiji en 1971.

Luego de hacer un inventario del potencial de producción de Japón, el nuevo gobierno planificó un programa de industrialización y de transporte, utilizando la estrategia proteccionista de Carey.

El 15 de marzo de 1872, una representación del gobierno japonés llegó a los Estados Unidos en donde visitó, entre otras empresas, la fábrica de locomotoras Baldwin, haciendo luego un importante pedido que sirvió para construir el ferrocarril japonés.

Alemania también

Como vimos en el primer número de la revista Fuerza Productiva, el economista Federico List (1789-1846) promovió en Alemania el sistema de protección, fue el autor de la Unión Aduanera Alemana y el adalid del ferrocarril alemán. Sin embargo, en 1860 Alemania había caído de nuevo en el libre cambio y como consecuencia experimentaba una grave crisis económica.

En respuesta, los seguidores alemanes de Henry Carey lograron convencer al canciller Bismarck que destituyese al ministro de Comercio, Rudolf von Delbruck (de lo cual informaron debidamente a Carey en carta fechada el 15 de mayo de 1876), y que de nuevo pusiera en práctica el sistema de protección.

Alemania reformó en 1879 su política arancelaria, fijando un impuesto proteccionista al hierro, al acero y a otros productos. Como resultado, las fundiciones y las empresas de maquinaria aumentaron en 30 por ciento, y ¡el empleo se elevó en 40 por ciento!. La alianza con Carey era explícita, puesto que se carteaba continuamente con los autores de la nueva política económica alemana.

Ojalá el testimonio de Carey sirva para demostrarnos que para convertirse en potencia industrial una nación debe tomar una simple decisión: dejar de importar los bienes que pueden producirse localmente, fortalecer la planta industrial privada nacional, e invertir en ciencia y tecnología.

A continuación, presentamos breves extractos de La Armonía de Intereses y de La Unidad de la Ley, y seguidamente los comentarios del historiador Bruckberger sobre Henry Carey.

 


Documentación

 

Capitalismo liberal inglés vs. capitalismo industrial americano

La armonía de intereses

Por: Henry Carey

 

Se habla mucho de la "misión" del pueblo de los Estados Unidos, y la mayor parte lo dicen personas que parecieran limitarse a considerar el poderío de la nación, y rara vez consideran sus deberes...

Dos sistemas se presentan al mundo, uno busca incrementar la proporción de gente y capital involucrados en el comercio y el transporte, y por lo tanto, disminuir la proporción dedicada a producir bienes con los cuales comerciar, disminuyendo necesariamente el beneficio del trabajo de todos; mientras que el otro busca aumentar la proporción empleada en el trabajo productivo, y reducir aquella dedicada al comercio y al transporte, incrementando el beneficio a todos, dándole al trabajador buenos salarios y al capitalista buenas ganancias.

Uno busca aumentar la exportación de materia prima, y disminuir los incentivos a la inmigración, empobreciendo de esta forma tanto al labrador como al hacendado al cargar sobre sus espaldas del peso del flete; mientras que el otro busca incrementar la inmigración, y reducir la exportación de materia prima, enriqueciendo por lo tanto al granjero y hacendado al aliviarlos del pago del flete.

Uno busca forzar a labradores y hacendados de la Unión a seguir contribuyendo al sostenimiento de flotas y ejércitos, de los pobres, los nobles y los soberanos de Europa; el otro, permitirnos utilizar los mismos fondos al desarrollo moral e intelectual de los ciudadanos de América.

Uno busca la continuación de ese libre cambio bastardo que niega el principio de protección, sin embargo la regala en forma de aranceles; el otro, extender la zona de una libertad de cambio legítima, estableciendo primero un sistema de protección perfecta, seguida luego por la anexión de individuos y comunidades, y finalmente aboliendo las aduanas.

Uno busca ocupar zonas desérticas, cuyo dominio se obtiene con la ayuda de la diplomacia de guerra; el otro, aumentar el valor de una extensión inmensa de tierras desocupadas promoviendo la inmigración de millones de personas para ocuparlas.

Uno busca incrementar la necesidad de comercio; el otro, la capacidad de sostenerlo.

Uno busca explotar al hindú, y hundir al resto del mundo a su nivel; el otro elevar a nuestro nivel el estándar de vida del hombre en todas partes del mundo. Uno apunta hacia la pauperización, la ignorancia, la despoblación, y la barbarie; el otro, a aumentar la riqueza, la comodidad, la educación, la cooperación, y la civilización.

Uno apunta hacia la guerra universal; el otro, a la paz universal. Uno es el sistema Inglés; y el otro tenemos el orgullo de llamarlo sistema Americano, porque es el único diseñado para elevar y a la vez igualar la condición del ser humano en todas partes del mundo.

Tal es la verdadera misión del pueblo de los Estados Unidos... Para elevar el valor del trabajo en todo el mundo, basta elevar el valor del nuestro... Para mejorar la condición política del hombre globalmente, nosotros debemos permanecer en paz, evitar los impuestos para mantener flotas y ejércitos, y hacernos ricos y prósperos... Para difundir educación y cultura, y promover la causa de la moralidad a través del mundo, solamente requiere de nosotros que busquemos la forma de educar a nuestro propio pueblo, y permitirle a cada ciudadano adquirir su propiedad, y con ella, el respeto al derecho de propiedad. Para sustituir con el cristianismo ese sistema detestable conocido como maltusianismo, se requiere que demostremos al mundo que la población es la que hace brotar el alimento de las tierras fértiles, y que el alimento tiende a aumentar más rápidamente que la población, validando así la norma que Dios dio al hombre.

Dos sistemas se presentan al mundo: por un lado, aquel que se denomina protección, y el otro, que se denomina libre mercado.

Existe un gran error bastante generalizado hoy en día respecto a una división nacional del trabajo, y que debe su origen a la escuela Inglesa de economistas políticos, cuyo sistema se basa en la idea de hacer de Inglaterra "la fábrica del mundo". Esa escuela enseña que algunos países son aptos para las manufacturas y otros para las labores de agricultura, y que éstos últimos se benefician ampliamente al dedicarse a esa sola vocación, realizando todos sus intercambios comerciales a distancia, y contribuyendo así con su cuota al mantenimiento del sistema de "navíos, colonias y comercio". Su sistema se basa, no en la producción, sino íntegramente en la conversión y el intercambio, aunque ninguno de éstos sume nada a la cantidad de cosas intercambiables. Su sistema alardea que los comerciantes son numerosos y los productores pocos, y que mientras más rápido crezca el número de los primeros respecto a los segundos, más rápido se avanzará, suponen, hacia la prosperidad perfecta. Cambistas y comerciantes, sin embargo, deben vivir, y lo hacen a costa del trabajo de otros: y si tres, cinco, o diez personas viven de lo que produce una, se sigue que apenas obtendrán una pequeña ración de las necesidades y comodidades de la vida, como evidentemente es el caso.

El libre mercado proclama el incremento del comercio, pero en realidad lo marchita. Así que tenemos frente a nosotros, primero, un sistema que no es ni lógico ni natural, y segundo, una teoría inventada para explicarla pobreza y la miseria que son sus resultados necesarios. Las miserias de Irlanda se le atribuyen a la sobrepoblación, pese a haber millones de acres de las tierras más fértiles del reino que tan sólo aguardan que se las drene para quedar entre las más productivas del mundo... La sobrepoblación es la excusa fácil para todos los males de un sistema perverso, y así seguirá siendo hasta que ese sistema fracase...

El verdadero objetivo de lo que denominan libre mercado es asegurar a los ingleses la continuidad en el monopolio de las maquinarias, el cual ha arruinado a Irlanda y a la India y postrado su comercio.

La protección busca romper ese monopolio, y hacer que el telar y el yunque tomen su lugar natural al lado de los alimentos y el algodón, y que la producción aumente, de forma que el comercio se pueda reactivar...

El objetivo de la protección ha sido, y es, restaurar la tendencia natural mediante la cual la industria manufacturera toma el lugar que le corresponde al lado del productor de alimentos (autosuficiencia nacional), reduciendo así sustancialmente los costos de transporte y de intermediarios, y originando comunidades y naciones más estables y autosuficientes.