Fermín Toro quiso evitar la guerra reactivando la economía

Por: Alejandro Peña Esclusa (Octubre de 1999)

Tal como explicamos en el artículo anterior, en 1834 se aprobó la llamada "Ley del 10 de abril", que permitía a los ciudadanos contratar empréstitos a cualquier tasa de interés, que alcanzaron luego niveles exorbitantes.

Once años más tarde, el país estaba sumido en una grave crisis económica que Fermín Toro describía de la siguiente forma:

"No hay más que acercase a los tribunales donde la ley del 10 de abril ha sido con más frecuencia aplicada... Allí se verán en los juicios multitud de personas de todas las clases de la sociedad ejerciendo el oficio de prestadores de dinero, y un gran número de contratos los más desiguales y monstruosos que pueden celebrarse entre la avaricia y la necesidad. Intereses originalmente excesivos, después compuestos y capitalizados en cortos períodos, hacen crecer de una manera asombrosa el capital primitivo, con más rapidez de lo que permiten las artes y la industria humana y las fuerzas creadoras de la naturaleza. Después vienen pesadas multas convencionales por falta de pago en los plazos estipulados, añadiendo sucesivamente obligaciones cada vez más gravosas, que hacen cada vez más difíciles de cumplir las obligaciones anteriores, hasta que tocando en la absoluta imposibilidad de satisfacerlas, el deudor es citado al tribunal, y sus bienes malbaratados en una subasta, donde sin previo avalúo y sin remedio ninguno legal, queda expuesto a ser, y es en efecto, la víctima de las más inicuas especulaciones".

A esta situación se le añadía, la falta de circulante que, al decir de Fermín Toro, y coincidiendo con Benjamín Franklin (ver artículo "Benjamín Franklin refuta teorías económicas modernas", en este mismo número de Fuerza Productiva), ocasionaba simultáneamente aumentos en las tasas de interés y recesión en la economía: la "contracción en la circulación, con la serie de inconvenientes y desgracias que la acompañan, como el interés exorbitante en los préstamos y descuentos, las bancarrotas y todos los desastres que se sufren en la crisis".

Por si fuera poco, Venezuela era objeto de una fuga de divisas, que Toro describió así: nuestros países "son el teatro de especulaciones de capitales extranjeros, dispuestos siempre a retirarse del país y a causar en la circulación repentinas variaciones que alteran la tasa del interés en perjuicio de la agricultura y del comercio".

La crisis económica que vivía Venezuela en este entonces, no muy distinta a que experimentamos hoy, fue degenerando en conflictos sociales que preconizaban una conflagración.

En sus "Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834", publicada por la Imprenta de Valentín Espinal en 1945, Fermín Toro manifestaba su preocupación con las siguientes palabras:

"Dos fenómenos no dejan nunca de aparecer como siniestros precursores de una conflagración universal. Uno es la degradación de la moral y el olvido de todo sentimiento de justicia en las dos clases de acreedores y de deudores. El otro es el decaimiento de la industria, la postración del comercio, la ruina visible de los intereses materiales... Entretanto, la miseria cunde en el país, la indigencia gana las clases de suyo menesterosas, la necesidad urge y dispone al crimen y ala prostitución, y toda la masa popular, halagada en todas sus pasiones y roto el freno que la reprimía, se lanza en los mayores excesos amenazando con la subversión de todo principio conservador y la violación de todo derecho legítimo. ¡Feliz la sociedad que llegada a este extremo se detiene al borde del abismo!"

A fin de evitar esta "conflagración", Fermín Toro se abocó a criticar los dogmas utilitarios en los que se fundamentaba filosóficamente la usura; a proponer una "tasa natural" de interés, menor al rendimiento alcanzado en la agricultura y la industria; a promover el desarrollo económico de la nación; y a fomentar la unidad nacional.

Lamentablemente, la ceguera y las pasiones de los políticos, aunadas a las manipulaciones extranjeras y a la ignorancia predominante en la época, hicieron inútiles los encomiables esfuerzos de Toro... la Guerra Federal estallaba pocos años más tarde.

Seguidamente, publicamos cuatro extractos de las "Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834


Documentación

Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834

Dogmas utilitarios detrás de la usura

Por: Fermín Toro

Quiero hablar de la absoluta libertad de contratos establecida por la ley del 10 de abril de 1834. Consideraré esta ley en sus dos principales efectos: la libertad de la usura y el desapropio por deudas, y procuraré probar que bajo de ambos aspectos es perjudicial a los intereses morales y materiales de Venezuela...

El examen de la presente cuestión me ha conducido a descubrir las condiciones especiales de los defensores de la ley del 10 de abril. Estos pueden dividirse en dos clases. La primera la componen los que hacen el negocio de préstamo de dinero y que, por consiguiente, ven como eminentemente protectora de sus intereses la ley que autoriza cualquier premio en los préstamos, al mismo tiempo que garantiza al acreedor de la manera más absoluta e ilimitada con los bienes del deudor. La segunda clase es compuesta de los partidarios de la escuela que sacrifica toda consideración a la generalidad de un principio económico y subordina la moral y la política a la ciencia de la riqueza...

Si se medita por un momento cuántos necesitados remedian sus miserias con el fuerte interés que obtienen por una pequeña suma: ya un anciano padre sin fortuna y sin esperanzas de medros, atormentado constantemente con la idea del porvenir de su triste y desvalida familia; ya una viuda con hijos tiernos, sin otro patrimonio que una escasa suma de dinero que le ha de proporcionar alimento, vestido, casa, educación; ora el que ha sido víctima de una transacción usuraria, arruinado en un juicio, que recoge los pequeños restos de su fortuna y hace represalias en la sociedad, irritado tanto por el deseo de reponer sus pérdidas como por el recuerdo de la iniquidad que ha sufrido; ora la víctima del orgullo y la vanidad, otras dolencias del alma, que tiembla a la idea de descender del rango en que nació, de aparecer en la miseria, sufriendo privaciones o en la necesidad de emplearse en servicios humildes para ganar la subsistencia; si se consideran, digo, estas y otras situaciones semejantes, tan comunes en toda sociedad, tan llenas de penas y amarguras, tan propias para excitar las simpatías de las almas sensibles, entonces se conoce que al condenar la usura no debemos condenar indistintamente a todos los que la practican, porque no todos son poderosos, ni de corazón endurecido, ni amasan sus tesoros con el sudor del pobre y del afligido. Conoce mal la humanidad, conoce mal la organización de la sociedad el que, exasperado por el propio o ajeno padecer, lanza un anatema universal contra todo el que presta con usura y se apropia sin fatiga el fruto del trabajo ajeno.

Cuando un abuso se ha arraigado en la sociedad por la costumbre, la ley o el transcurso del tiempo, y cuando ya es bastante general y familiar para no atraer particularmente la atención, entonces la fuerza del hábito lo hace ver como un hecho justo en sí, entra inocentemente, como si fuera un elemento social, en todas las transacciones de la vida, y lo que es aún peor, contribuye poco a poco a formar parte de la opinión general y del carácter de la nación. Si queremos un ejemplo lo tenemos en la esclavitud. Nada hay en la historia de los desvaríos del entendimiento y de la depravación de los principios morales comparable a esta catástrofe de las leyes eternas de la justicia y la verdad...

Así es la usura; es un mal permitido por la ley, un mal que tiene sus defensores, pero, al fin, es un mal y es preciso desarraigarlo porque sus frutos no pueden ser sino amargos.

La segunda clase de los defensores de la usura la forman los partidarios de la escuela económica, cuyo axioma único para los poderes públicos es laissez faire. No diré que este principio carezca de verdad y que no sea como todas las verdades generales, fundamental. Yo no invoco a la autoridad para intervenir en cada paso de la industria, pero niego que en materia de contratos, en materia de protección a los intereses patrios, sus funciones se reduzcan a sancionar cuanto invente o instituye el interés privado, como si fuese una fuerza ciega y fatal aplicable indistintamente a la conservación o a la ruina de la sociedad.

Más adelante, al exponer muy brevemente lo que tengo como la teoría racional de la sociedad, procuraré probar que no hay acción legítima desde que, desarrollada hasta en sus últimas consecuencias, causa males a los asociados, porque el objeto de éstos no son los principios, sino los fines; por consiguiente, la admisión y el desarrollo de cualquier principio son condicionales; es decir, hasta donde sus consecuencias sean benéficas.

Y así es como se admite la libertad de industria, la libertad de cultos, la libertad de imprenta; bien entendido que estas libertades encuentran la restricción, o sea la no libertad, donde comienza la opresión de una clase por falta de medios de subsistencia; el conflicto público en las prácticas externas de religiones diferentes, y el compromiso del honor de las familias, de la decencia pública y de la tranquilidad del Estado en las publicaciones de la prensa.

Los economistas pecan ordinariamente por el carácter exclusivo de sus principios y porque subordinan toda otra ciencia, toda consideración moral o política, de filosofía o de religión, a los principios económicos. Su objeto es resolver los problemas de la creación, aumento y conservación de la riqueza de un modo absoluto; y así como aconsejan la tala de un bosque improductivo, así condenan a muerte la población pobre que no participa de la riqueza.

Nadie negará lo riguroso de sus demostraciones, admitida la hipótesis, expresa o sobreentendida, que la riqueza es el principal objeto de la sociedad. En efecto, la riqueza es el resultado de la industria aplicada a producir los objetos que la constituyen; la industria no es más que el trabajo dirigido por la inteligencia; el trabajo más inteligente será siempre el que tiene mayores estímulos en la concurrencia, en el interés propio y en la libre elección de medio y objetos; por consiguiente, la absoluta libertad es la condición precisa de la formación de la riqueza; y como la libertad de contratos, que envuelve la usura, no es más que una manera de ejercer la libertad de industria, se sigue que la usura es también condición de la creación de la riqueza.

No es de este momento combatir estos principios. Baste por ahora saber que una clase de los defensores de la usura la forman los partidarios de este rigorismo especulativo, que permiten todo daño, toda extorsión en la sociedad, con tal que sea ejercida a nombre de la libertad de industria y con el objeto de acrecentar la riqueza... Say, Bentham y otros de la misma escuela nos dirán que todo esto es natural y legítimo; que lo que unos pierden lo ganan otros; que la nación en su totalidad se beneficia; que los principios lo quieren así y que los principios deben salvarse...

Conozco que, en el estado actual de nuestra sociedad, en el positivismo que empieza ya a dominarla, es muy difícil hacer valer toda la importancia de un principio moral, absoluto y universal. El hombre positivo es hoy el dominador de la sociedad. En el sentimiento de su individualidad se absorben todas sus potencias. Se diría que es un pequeño dios que se ve a sí mismo reflejado en todos los seres del universo.

El hombre positivo, el hombre de la realidad, es el que subordina siempre lo universal a lo particular, lo abstracto a lo concreto, la sociedad al individuo; y haciéndose como el centro de un mundo puramente material, busca siempre una ecuación en todas las relaciones sociales, y calcula con guarismos las ventajas del honor, de la probidad y de todas las demás virtudes.

De aquí nace la indiferencia con que se ven los estudios de la ética, de la filosofía y de todas las especulaciones trascendentes, fuentes inagotables y perennes de lo justo, lo útil y lo bello; de aquí el favor exclusivo de las cuestiones de economía como ciencia que conduce a la riqueza por el camino más corto, entendiéndola cada uno a su modo y aplicándola a su exclusivo interés, sin consideración alguna a las costumbres, al grado de ilustración y a la situación general del país; de aquí, por último, la dificultad de combatir en la palestra de la opinión pública los áridos pero formulados principios de un dogmatismo utilitario que, afectando el método demostrativo de las ciencias matemáticas, se presta admirablemente a la concepción de la inteligencia más común, lo mismo que a los cálculos del más estrecho y personal egoísmo.