-Única forma de alcanzar la paz- Convertir el Plan Colombia en un Plan Marshall (octubre de 2000) El 27 de septiembre pasado, el Presidente Chávez, férreo opositor del Plan Colombia, habló ante los dirigentes de los países miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), reunidos en Caracas en su II Cumbre, y utilizó esa plataforma para prácticamente convocar a las naciones del Tercer Mundo a emprender una guerra santa contra los países industrializados del Grupo de los Ocho (G-8), culpándolos de las injusticias existentes en la economía mundial y de la miseria de nuestros pueblos. Frente a los televisores encendidos, miles de ciudadanos lo escucharon atentos. Hugo Chávez, vinculado al Foro de Sao Paulo (FSP), organización que agrupa a toda la izquierda radical iberoamericana, incluida la guerrilla colombiana, enfatizó que el problema de la economía mundial no reside en los altos precios del petróleo, sino en la especulación financiera. Pese al estrepitoso fracaso económico de su gestión de gobierno, el discurso caló profundamente. Chávez comparó el precio del barril de crudo con los precios de barriles hipotéticos de Coca-Cola, helado, salsa de tabasco, loción para broncear, y otros bienes suntuarios. Son ellos quienes especulan, son ellos los culpables de la crisis -concluyó con vehemencia- no nosotros. Simultáneamente, una protesta masiva se llevaba a cabo en las calles de Praga en contra del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuyos dirigentes se encontraban reunidos en esa ciudad. Los argumentos eran los mismos esgrimidos por Chávez y muchos de los manifestantes eran igualmente izquierdistas, pero pertenecientes a la versión europea del Foro de Sao Paulo. Su confianza radica en el inminente derrumbe que pronostican al capitalismo, al cual identifican con la especulación financiera predominante hoy día. En lo primero tienen toda la razón, más no en lo segundo, porque el capitalismo tradicional se basa en la producción y no en la especulación; pero, lamentablemente, desde hace más de tres décadas, la actividad esencial de la economía, como la agricultura y la industria, ha sido crecientemente sustituida por actividades especulativas -como las apuestas financieras y bursátiles, y la inversión en fondos mutuales- y por negocios ilegales, como el narco y el tráfico ¡legal de armas . El trabajo y el esfuerzo creador han sido trocados por la ganancia fácil y la búsqueda de placeres inmediatos. Es la nueva cultura hedonista estilo Hollywood. En consecuencia, la economía de hoy está signada por el enriquecimiento de unos pocos y por el hundimiento de millones de seres humanos en el abismo de la pobreza. Esta perversa tergiversación del capitalismo le sirve de ambiente propicio a los del Foro de Sao Paulo para hacer sus feroces críticas al sistema y para presentarse a sí mismos como defensores de los pobres y como alternativa de poder, aunque su proyecto sea aún peor. Es dentro de este turbulento contexto que el presidente Andrés Pastrana ha anunciado la puesta en práctica del Plan Colombia, que no es un proyecto sólo para su país, sino para el mundo entero; porque si se maneja atinadamente, logrando la erradicación del narcotráfico -brazo financiero de la subversión, por lo cual son una y la misma cosa- y si además Colombia experimenta un desarrollo económico acelerado, entonces se crearán las condiciones para que esa experiencia se extienda en toda la región con idénticos resultados. Por el contrario, si el plan fracasa, el narcotráfico y la guerrilla saldrán fortalecidos y el Foro de Sao Paulo tomará control de Iberoamérica. -Obstáculos del Plan Colombia- Los críticos del Plan Colombia, como Hugo Chávez, afirman que su aplicación podría llevar a la "vietnamización" de la región; pero, más que una opinión, es una amenaza que tiene por objeto amedrentar a los Estados Unidos y al gobierno colombiano para que no lo pongan en práctica. La pura verdad es que el Foro de Sao Paulo teme que la operación tenga éxito. Pero el Plan Colombia enfrenta adversarios más poderosos que Chávez. Según se deduce de un cable de AP fechado en Bogotá el 14 de septiembre de 2000, la ministra británica del Gabinete, Mo Mowlam, hace lobby para que los países europeos retengan sus aportes al plan alegando que "las fuerzas militares colombianas deben hacer antes reformas internas". La posición británica no es de extrañar, en reiteradas oportunidades Inglaterra ha colaborado con el Foro de Sao Paulo. Su Embajada en Caracas fue la primera en apoyar a Chávez, incluso desde que estaba en la cárcel. Curiosamente, en la página electrónica de uno de los partidos miembros del FSP (el Frente Amplio uruguayo), el Partido Laborista Inglés aparece como su aliado (ver página web del Frente Amplio, disponible en http://www.asamblea.org.uy y pulsar el botón de "links"). Aunque forma parte del G-8, Inglaterra acostumbra apostar a los dos equipos; eso sí, asumiendo simultáneamente los papeles de árbitro y manager de ambos. Es la vieja política de apoyar a los piratas y hasta condecorarlos, pero negando siempre su relación con ellos. Lamentablemente, dentro de los propios Estados Unidos, hay quienes comparten el punto de vista británico y son quienes han hecho todo tipo de objeciones al Plan Colombia y apoyado a las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) que dicen defender los derechos humanos -casi siempre los de los guerrilleros, no los de las numerosas víctimas de la subversión. Por lo pronto, los recursos estadounidenses -es decir el 15% del paquete- son los primeros que se han concretado, al menos en el papel. La mayor parte de la inversión está dirigida al suministro de helicópteros y entrenamiento (519 millones de dólares). La interdicción de drogas, los cultivos alternativos, el aporte para aduanas, desplazados, y la defensa de los derechos humanos, se llevan otro buen trecho, 405 millones de dólares. Mientras que el dinero para bases en Ecuador, Aruba y Curazao, así como para helicópteros y la interdicción de drogas en países vecinos, asciende a 203 millones. Apenas quedan 93 millones de dólares para los llamados programas alternativos de desarrollo económico. -La paz se conquista con desarrollo- De entrada, consideramos que la cifra comprometida por Estados Unidos es insuficiente, puesto que constituye mucho menos de lo que maneja el narco en ese país. Para reprimir con éxito el narcotráfico y la subversión colombianos hace falta invertir al menos cinco veces esa cantidad, o incluso más. Sin duda, esta operación tiene mayor justificación moral que la denominada "Tormenta del Desierto" y Estados Unidos debería asignarle recursos equivalentes; después de todo, está en juego la salud física y mental de centenares de millones de seres humanos, incluidos los jóvenes norteamericanos. Lo mismo puede decirse del aporte europeo. En cuanto a los préstamos que serán otorgados por el FMI y el Banco Mundial, seguramente vendrán condicionados por la puesta en práctica de un riguroso plan de ajuste y austeridad, que terminará arruinando el país y entregándoselo en bandeja de plata a la subversión; justamente lo que vaticinan los del Foro de Sao Paulo. Si bien es cierto que Colombia -al igual que el resto de los países iberoamericanos- adolece de un grave déficit fiscal, éste no se debe fundamentalmente a los excesivos gastos gubernamentales, como pretenden hacer ver, sino a la falta de producción industrial altamente tecnificada. Por tanto, recortar la burocracia, aumentar impuestos y reducir gastos no resolverá el problema, sino que provocará desempleo y recesión, al igual que ha ocurrido en otros países con la aplicación de medidas similares. El necesario recorte burocrático y de gastos corrientes debe hacerse dentro de un contexto que permita incrementar la producción y reabsorber la mano de obra en empleos productivos. Guardando las distancias, la política del FMI se asemeja al plan de austeridad y desmantelamiento industrial que el Secretario del Tesoro norteamericano, Henry Morgenthau, quiso imponer a Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, para de esta forma evitar, según él, el resurgimiento de nazismo. El Secretario de Estado, general George Marshall, por su parte, comprendía bien que Hitler había emergido debido a la crisis económica generada por el plan de austeridad impuesto a los germanos en Versalles después de la Primera Guerra Mundial. Caer en el mismo error era darle una segunda oportunidad al totalitarismo, que entonces amenazaba en su versión comunista. Sabiamente, Marshall propuso en cambio un ambicioso proyecto de reconstrucción, basado en la realización de grandes obras de infraestructura, proyectos agrícolas a industriales de gran envergadura, y la modernización y equipamiento de toda la industria europea. Suministrando el 11 por ciento del financiamiento ($13 mil millones), pero que significaba el "margen crítico" que requerían los europeos para poder funcionar por sí mismos, los estadounidenses pusieron en marcha lo que se conoció como el Plan Marshall. Los europeos, por su parte, proporcionaron alrededor de 100 millones de dólares en sus respectivas monedas, los cuales, sumados al aporte norteamericano, alcanzaban, durante los cinco años que duró el plan, al equivalente en ese entonces del Producto Interno Bruto europeo de un año; es decir, la inversión fue de un 20% anual del PIB. Los resultados fueron extraordinarios: el PIB europeo creció un 32 por ciento durante el período que se aplicó el plan, en parte por la incorporación de la tecnología de punta norteamericana en la industria europea, que multiplico y optimizó la capacidad productiva del Viejo Continente; el comunismo fue derrotado, en el sector que quedó fuera del control soviético; y la economía norteamericana fue también beneficiada, al convertirse en importante suplidora de los bienes requeridos para la reconstrucción. -Un Plan Marshall para Colombia- El narcotráfico y la guerrilla colombianos son la consecuencia de la pobreza y el subdesarrollo, así que, para derrotarlos, aparte del esfuerzo represivo (que debe ser cinco veces mayor al contemplado en el Plan Colombia, como dijimos arriba), hay que poner en práctica un ambicioso programa de desarrollo que genere pleno empleo, acabe con la pobreza, y convierta a esa nación en un país industrializado, lo cual, definitivamente, no podrá ser logrado con los 93 millones de dólares contemplados en el aporte norteamericano para los "programas alternativos de desarrollo económico", ni por el resto de los aportes europeos y de la propia Colombia. Para emprender el camino hacia la industrialización, Colombia requiere de una inversión anual de alrededor del 10% del PIB durante cinco años consecutivos. Esto representa un total quinquenal de 40 mil millones de dólares, equivalentes a poco más de cinco veces el Plan Colombia, o a la séptima parte de lo que, en cifras conservadoras, maneja el narcotráfico internacional anualmente ($300 millardos). Estos fondos movilizarán, además, al menos una cifra similar en inversión privada durante ese mismo período, es decir, otros 40 millardos de dólares. El financiamiento básico de este plan puede ser obtenido con el apoyo internacional que ya existe y, el resto, mediante la utilización del crédito interno, es decir, la emisión de letras del Tesoro colombianas, o papeles similares. En la actualidad se considera que este tipo de emisión es "inorgánica" -sin respaldo- y por tanto inflacionaria. Esto es cierto cuando los recursos se destinan a gastos corrientes, como lamentablemente lo han hecho los malos gobiernos; pero no cuando se invierten en obras generadoras de riqueza y de productividad, puesto que la emisión se compensa con la producción; es decir, la masa monetaria crece a la par que también crece la masa de bienes y así el dinero no pierde valor. Por otra parte, el Estado recupera la inversión a los pocos años, puesto que ésta ha sido destinada a actividades reproductivas que redundan ya sea directa o indirectamente en ingresos para el Fisco nacional. No se trata de un planteamiento nuevo o revolucionario, es lo mismo que hizo Franklin Delano Roosevelt durante la Gran Depresión, o lo que han hecho todas las naciones poderosas para alcanzar el desarrollo. Un país jamás podrá industrializarse con base exclusivamente en el ahorro interno o en el pequeño porcentaje del presupuesto nacional que se dedica a la inversión. En este sentido, recomendamos encarecidamente leer las obras de Alexander Hamilton (1757-1804), primer Secretario del Tesoro estadounidense, y de Federico List (1789-1846), artífice de la Unión Aduanera alemana, pioneros del desarrollo industrial de sus respectivas naciones. Habiendo en Colombia abundante materia prima, mano de obra capacitada y laboriosa, y maquinaria ociosa, no existen motivos que impidan conjugar esos tres factores para producir riqueza. La falta de financiamiento no es argumento válido, sobre todo cuando no se requieren dólares para pagar insumos y sueldos que, por ser internos, se pagan en pesos; las divisas extranjeras sólo hacen falta para importar los bienes de capital y la maquinaria sofisticada que Colombia no es capaz de fabricar todavía. Uno de los aspectos erróneos del Plan Colombia, tal como está concebido en la actualidad, es que el aporte extranjero se materializa en bienes de consumo, aunque muchos de ellos sean sofisticados, como por ejemplo helicópteros artillados y otro tipo de armamento. Sin duda éstos son indispensables para dar la batalla y deben proporcionárseles a las Fuerzas Militares Colombianas para combatir el narcotráfico y la subversión, pero adicionalmente hay que incrementar no sólo la capacidad productiva nacional, incluida la industria bélica, sino, lo que es más importante, mantener un aumento constante en la productividad. Esto se logra invirtiendo -además de en educación- en cinco renglones básicos: transporte, obras hidráulicas, energía, comunicaciones, y la industria de bienes de capital. Estos rubros requieren de enormes capitales que inicialmente el sector privado nacional no está en capacidad de proporcionar por sí solo, aunque sí pueda y deba llevar a cabo su ejecución. El renglón transporte incluye la reparación, ampliación o construcción de ferrocarriles, autopistas, carreteras, puentes y vías de penetración. Las obras hidráulicas: represas, canales, puertos, obras de riego, suministro de aguas blancas y de aguas negras. El rubro energético contempla el cableado de alta tensión, las estaciones y sub-estaciones eléctricas, y las plantas térmicas, hidroeléctricas, a incluso nucleoeléctricas. Las comunicaciones: centrales telefónicas, telefonía urbana y rural, cableado, comunicación satelital, etcétera. Y la industria de bienes de capital incluye las fábricas de turbinas, transformadores, motores, y máquinas herramienta. Los demás renglones, como la agricultura, la ganadería, la construcción de viviendas y la industria de bienes de consumo, también son importantes, pero progresan por sí solos cuando aquéllos les crean las condiciones idóneas para su desarrollo, y pueden ser financiados mediante créditos a inversión privados. No es el objetivo de este escrito especificar las numerosas obras que pueden ser construidas en Colombia, aunque gustosamente podríamos hacerlo en el futuro. Por ahora, baste señalar que, al igual que ocurre en Venezuela, existen muchos proyectos ya diseñados -como el plan ferroviario nacional y un segundo canal interoceánico que atraviese los valles de los ríos Atrato y Truandó- que hasta ahora han sido engavetados por falta de recursos. Paralelamente, debe ubicarse al sector ciencia y tecnología en el sitial de honor que le corresponde, fomentándolo y fortaleciéndolo tanto en las universidades, como en los institutos y laboratorios de investigación y desarrollo, públicos y privados. De esta forma, desaparecerá casi totalmente el desempleo, se aumentará el nivel de vida de la población y se desarrollará la actividad científica y tecnológica, con beneficios tanto en la educación como en la creación de industrias de avanzada, consiguiendo así la estabilidad económica y política que tanto requiere el pueblo colombiano. Si bien el Estado debe jugar un importante papel en este plan de reconstrucción a industrialización, sobre todo canalizando los fondos provenientes del aporte extranjero y del crédito interno, la ejecución de las obras debe estar en manos del sector privado, que como consecuencia crecerá y se fortalecerá notablemente. A su vez, el Fisco incrementará sus ingresos al mismo ritmo, pechando la creciente ganancia de la empresa privada (Impuesto Sobre la Renta) y no por medio de impuestos injustos y retardadores de la economía, como lo es el Impuesto al Valor Agregado (IVA). Por otra parte, el crecimiento del sector privado abrirá nuevas fuentes de empleo que permitirán absorber la mano de obra desempleada y subempleada, y reabsorber aquella que sea desplazada por el recorte burocrático. Esa es la forma correcta de reducir y eliminar el déficit fiscal. -El impedimento es mental- Uno de los obstáculos que enfrentamos para llevar a cabo un plan como el que aquí proponemos es de orden psicológico. Tantas décadas de malos gobiernos en Iberoamérica nos han llevado a la errónea conclusión que no somos capaces de gobernarnos y por eso hemos venido aceptando recomendaciones a imposiciones externas que muchas veces van contra el interés nacional. En lugar de sustituir a los políticos ineptos por otros más capaces y más morales, tendemos a pensar que, dado que en su mayoría han dilapidado los recursos de la nación, es preferible negarles de ahora en adelante la posibilidad de administrarlos. Esto se hace, por ejemplo, eliminando la moneda nacional en favor de la "dolarización", como se hizo en Ecuador. De esta forma, se le impide a los políticos rellenar los agujeros fiscales con devaluaciones y emisiones inorgánicas, lo cual han hecho reiteradamente en el pasado; pero también se elimina la facultad que tiene el Estado para emitir los créditos requeridos en la construcción de las obras que tanto necesita la nación. Se bota el agua sucia de la bañera, pero con el niño adentro. Por otra parte, la cultura materialista y hedonista que prevalece hoy en día, nos ha hecho caer en un profundo pesimismo, y ya no confiamos en nuestras propias capacidades para crecer y progresar; mucho menos pensar en convertir a nuestras naciones en potencias industrializadas. Un nuevo Plan Marshall no sólo servirá para que Colombia emprenda el camino definitivo del desarrollo, sino para que retome el optimismo y los principios morales y espirituales que, debido a su matriz cultural cristiana, la han caracterizado tradicionalmente; dejando atrás la pesadilla del narcotráfico y la violencia. Los países vecinos deben colaborar sin inhibiciones en este esfuerzo. El futuro de Colombia está íntimamente ligado al nuestro y su éxito será motivo de regocijo para todos, a incluso un modelo para ser imitado. En cuanto a los Estados Unidos y los países europeos, cooperar con Colombia no es sólo un imperativo moral, sino un negocio, y muy jugoso además. Los aportes al Plan Colombia, invertidos en la manera que aquí proponemos, se transformarán en un fructífero intercambio comercial que proporcionará gran rentabilidad a todos los países involucrados, sobre todo en los sectores vinculados a la ciencia y a la tecnología, tal como ocurrió con el Plan Marshall en su oportunidad. Por otra parte, si este proyecto no tiene éxito en acabar definitivamente con el narcotráfico y la subversión, y si no se aprovecha la oportunidad para modificar la perniciosa tendencia especulativa del capitalismo actual, los cuatro jinetes del Apocalipsis se abalanzarán sobre toda la humanidad con una fuerza jamás vista. Por: Alejandro Peña Esclusa |