¿Es compatible la ciencia con la fe católica? Por: Alejandro Peña Esclusa (Noviembre de 1999) Son cada vez más comunes los ataques a la Iglesia católica catalogándola de "dogmática", contraria a la modernidad y enemiga del avance científico. Aparte de los trillados alegatos históricos, como la persecución de la Inquisición contra las tesis de Galileo, se da por sentado que las concepciones católicas del hombre y del universo son, por decir lo menos, retrógradas. Del lado católico, hay quienes creen que la ciencia amenaza la fe. Tienden a culpar a la ciencia y a la tecnología de la creciente secularización del mundo y de los grandes males de la humanidad, como son la creación y uso de armamento sofisticado, la práctica generalizada del aborto, y la manipulación genética en los seres humanos. Pero, como veremos, estas posturas antagónicas son producto de prejuicios, puesto que la fe católica y el avance científico, además de congruentes, son complementarios.
Dios manda el desarrollo del hombre Según el relato del Génesis, una vez creado el hombre, Dios le ordena "crecer y multiplicarse, poblar la tierra y dominarla" (Gn, 1, 28). De acuerdo al cálculo de los antropólogos, en la primera etapa de desarrollo social, conocida como de "caza, pesca y recolección", las riquezas de la Tierra sólo podrían sustentar a un ser humano por cada diez kilómetros cuadrados, es decir, un total de diez millones de habitantes; viviendo, además, en el peor atraso, con una expectativa de vida promedio de veinte años y con condiciones no muy distintas a la de los animales. A medida que avanzan las etapas de desarrollo social, pasando del estado nómada al sedentario, primero a través del desarrollo agrícola y luego a través del industrial, el número de habitantes por kilómetro cuadrado crece, superando hoy la extraordinaria cifra de 300 habitantes por kilómetro cuadrado en los países más desarrollados; con una expectativa de vida promedio de setenta años, disfrutando de cómodos servicios y de hermosas manifestaciones culturales, como la música, la poesía, la literatura, etcétera, es decir, con condiciones profundamente humanas. El trabajo intelectual del hombre, medido en avances científicos y tecnológicos, produce cambios en cómo se relaciona el ser humano con la naturaleza para obtener y transformar los recursos que necesita para su subsistencia. El control y dominio de nuevas fuentes de energía, antes inaccesibles, o formas novedosas de producción mucho más eficientes, multiplican el trabajo, haciendo posible que el hombre cumpla exitosamente el mandato original del Génesis. En otras palabras, no es posible obedecer el mandato de Dios de "crecer y multiplicarse, poblar la tierra y dominarla" sin desarrollo científico y tecnológico. De lo cual se concluye, como corolario, que Dios también ordena al hombre desarrollarse. En este punto, vale la pena acotar que la pobreza actual de los países subdesarrollados no se debe a la sobrepoblación, sino a la falta de desarrollo. Paradójicamente, los países más ricos son aquellos que tienen la más alta densidad de habitantes por kilómetro cuadrado, como Japón y Alemania, y los más pobres la menor densidad poblacional, como Biafra y demás países africanos. La razón no contradice la Fe El Magisterio de la Iglesia reconoce que la investigación es una actividad inherente al ser humano y la cataloga como un bien. El Papa Juan Pablo II, por ejemplo, en su encíclica Fides et ratio (La fe y la razón), define al hombre como "aquél que busca la verdad", añadiendo que "la sed de verdad está tan radicada en el corazón del hombre que tener que prescindir de ella comprometería la existencia". El Papa alaba explícitamente la investigación científica y le atribuye el progreso que ha experimentado la humanidad. La Iglesia no desea que el hombre practique su fe absteniéndose de la razón, por el contrario, afirma que la falta de desarrollo en una limita a la otra. "La razón y la fe no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios. No hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización", dice el Juan Pablo II en su encíclica. De hecho, a mediados del siglo pasado el Magisterio de la Iglesia censuró tanto al fideísmo como al tradicionalismo radical por su desconfianza en las capacidades naturales de la razón; lo cual se formalizó luego en la Constitución dogmática Dei Filius elaborada por el Concilio Vaticano I en el año 1870. "Ninguna verdadera disensión puede jamás darse entre la fe y la razón, como quiera que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo, ni la verdad contradecir jamás a la verdad", sentencia Dei Filius. En Fides et Ratio, Juan Pablo II advierte sobre "rebrotes peligrosos del fideísmo, que no acepta la importancia del conocimiento racional y de la reflexión filosófica para la inteligencia de la fe, más aún, para la posibilidad misma de creer en Dios". También critica al biblicismo, tendencia que hace de la lectura de la Sagrada Escritura el único punto de referencia para la verdad. Lo que la Iglesia rechaza, justificadamente, es que el hombre simplifique o distorsione la búsqueda de la verdad prescindiendo de Dios. Cientificismo y pragmatismo En cuanto a la ciencia, una de las tendencias ateas que condena la Iglesia es el denominado cientificismo, sucesor moderno del positivismo del siglo pasado, corriente filosófica que admite como válidas sólo las formas de conocimiento que puedan demostrarse de forma experimental, relegando a la especulación todo conocimiento teológico o verdad metafísica. A veces, esta tendencia llega al extremo de catalogar como moralmente válido todo aquello que sea técnicamente realizable. Irónicamente, ya mucho antes del advenimiento de Cristo, Platón había refutado la experiencia puramente sensorial como forma adecuada de acceder al conocimiento. A diferencia de Aristóteles, quien opinaba que el hombre venía al mundo con el alma vacía (tábula rasa) y que ésta se iba llenando con el tiempo a través de la experiencia proveniente de los sentidos, Platón aseguraba que el ser humano nacía con ciertas verdades universales inscritas en el alma, y que los sentidos, imperfectos como eran, sólo servían para constatarlas y conocerlas mejor; concepto no muy distinto al de Ley Natural desarrollado posteriormente por San Agustín y Santo Tomás. La contrapartida social del cientificismo es el pragmatismo, actitud mental de quien, al hacer sus opciones, excluye las valoraciones basadas en principios éticos. Como consecuencia de la generalización de esta corriente, se ha ido afirmando un concepto de democracia que no contempla verdades inmutables; las grandes decisiones se toman con el voto de la mayoría, aunque éstas contradigan principios morales de carácter universal. Son este tipo de deformaciones las que han desprestigiado una actividad tan noble y beneficiosa como lo es la investigación científica. La Iglesia no culpa a la ciencia de los grandes males de la humanidad, sino al rechazo generalizado a Dios y a sus mandatos, lo cual ha endurecido el corazón del hombre, llevándolo al extremo de buscar los placeres inmediatos y no las verdades universales. Perfil cristiano del científico Pese a los estereotipos que promueven las películas del Hollywood, el investigador científico no es una persona "rara" o "desadaptada", aunque debe admitirse que se trata de una vocación cada vez menos común en un mundo impregnado por el materialismo. Todo lo contrario, el científico es un individuo profundamente humano y amoroso, que sacrifica largas horas de trabajo y dedicación, arriesgando su vida en algunos casos, para beneficiar con sus descubrimientos al resto de la sociedad. Mal pagado y muchas veces sin alcanzar reconocimiento alguno, al científico lo mueve un hermoso afán de conocer el universo y de buscar la verdad. Al hacerlo, va descubriendo cada detalle de las maravillas existentes en la obra de Dios y termina convirtiéndose en un ser profundamente religioso, como lo demuestran reiteradamente las biografías de los grandes científicos. Como dice Juan Pablo II en su encíclica: "a pesar de la dificultad, el creyente no se rinde. La fuerza para continuar su camino hacia la verdad le viene de la certeza de que Dios lo ha creado como un explorador, cuya misión es no dejar nada sin probar a pesar del continuo chantaje de la duda. Apoyándose en Dios, se dirige siempre y en todas partes, hacia lo que es bello, bueno y verdadero".
Anexo Iglesia, Moral y Economía Por el Cardenal Joseph Ratzinger Seguidamente, extractos del discurso pronunciado por el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, al abrir el simposio Iglesia y Economía, en la Universidad Urbaniana del Vaticano, el 19 de noviembre de 1985, sobre la importancia de la moral en la economía: El desequilibrio económico entre el Norte el Sur de este planeta se convierte en una amenaza creciente a la cohesión de la familia humana. Así que debemos renovar nuestros esfuerzos por vencer esta tensión, dado que todos los métodos previos han resultado insuficientes, y, por el contrario, a lo largo de los pasados treinta años la miseria ha aumentado en el mundo en magnitud realmente espantosa. A fin de encontrar soluciones que de veras nos saquen adelante, necesitamos nuevas ideas económicas; las cuales, a su vez, sin un nuevo impulso moral, parecen inconcebibles y, más importante, irrealizables. Y de aquí nace la posibilidad y la necesidad de sostener un diálogo entre Iglesia y economía... Nos enfrentamos aquí a la objeción, especialmente después del Concilio Vaticano II, de que antes que nada debemos respetar la autonomía de las disciplinas especializadas, y que la economía debe proceder según sus propias reglas y no según cualesquier consideración morales ajenas. Más bien, priva en este dominio la tradición inaugurada por Adam Smith: que la moralidad y el mercado son incompatibles, dado que las acciones voluntarias "morales" violan las reglas del mercado y, sencillamente, eliminarían del mercado al empresario moral. Así que por largo tiempo se ha tenido a la moralidad económica por una especie de anticualla inútil, dado que la economía se preocupa ante todo de la efectividad, no de la moralidad. Y se suponía que la lógica interna del mercado nos liberara de la necesidad de confiar en la mayor o menor moralidad del empresario individual; atenernos a las reglas del mercado sería nuestra mejor garantía de progreso y justa distribución de la riqueza... Aunque esa concepción propende a la libertad del empresario individual y, en esa medida, puede llamarse liberal, en su verdadera sustancia es determinista. Supone que el libre juego de las fuerzas del mercado -siendo como son los hombres y el mundo- pueden funcionar en una sola dirección, a saber: hacia la autorregulación de la oferta y la demanda, la efectividad económica y el progreso económico. Pero este determinismo -por el cual el hombre, con su libertad aparente, en realidad actúa de acuerdo con las leyes necesarias del mercado- contiene otro supuesto tal vez aún más asombroso, a saber: que las leyes naturales del mercado son buenas por naturaleza, al margen de las disposiciones morales de los seres humanos en lo individual. Sin entrar aquí en detalle en este problema, cosa que dejo a otros, me gustaría recoger un pasaje de Peter Koslowsky, que arroja luz en la cuestión decisiva: "La economía no sólo se gobierna por leyes económicas, sino que también la determinan los seres humanos". Las facultades del alma humana son también un factor en economía; las reglas del mercado sólo pueden operar cuando existe un consenso moral básico que las sostenga. Se ha vuelto un hecho cada vez más claro de la historia económica que la formación de los sistemas económicos y su arraigamiento en el bienestar general dependen de una cierta disciplina moral que a su vez sólo puede ser educada y sostenida por fuerzas religiosas. Por otra parte se ha vuelto igualmente obvio que el deterioro de esta disciplina trae consigo también el desplome de las leyes del mercado. Una política económica que se oriente no sólo al bienestar de ciertos grupos; es más, que no se confine al bienestar de nación alguna, sino al bien común de toda la familia humana, exige el más alto grado de disciplina, y por consiguiente el más alto grado de fuerza religiosa. La formación de la voluntad política para doblegar las leyes de la economía a este fin parece casi imposible, pese a todas las grandes aseveraciones humanitarias; sólo puede realizarse si se liberan con este propósito fuerzas morales completamente nuevas. Una moralidad que no se considere capaz de imponerse al conocimiento experto de las leyes de la economía no es moralidad; simplemente es moralismo, lo contrario a la verdadera moralidad. Una objetividad que se considere capaz de subsistir sin ética es un falso reconocimiento de la realidad humana, y por consiguiente no tiene nada de objetiva. Necesitamos hoy el más alto grado de conocimiento económico, pero necesitamos también el más alto grado de ética, para así poner este conocimiento económico al servicio de las metas correctas, y hacer realizable y socialmente factible ese conocimiento. |