-Cuando los hombres no eran posmodernos- La gesta heroica del Alcázar de Toledo Escrito en octubre de 2000 A fin de proponer a nuestros lectores cuál debe ser la actitud que debe predominar para vencer amenazas como las que actualmente se ciernen sobre nuestra patria, presentaremos uno de los episodios más significativos y conmovedores de la Guerra Civil Española: la defensa del Alcázar de Toledo.Vale la pena conocerlo a fondo, en primer lugar, porque evidencia la determinación psicológica y el compromiso moral de resistir al enemigo bajo terribles condiciones de inferioridad, poniendo los altos intereses nacionales por encima del interés personal o familiar, actitud muy contraria al posmodernismo prevaleciente hoy en día; y segundo, porque se trató de una batalla contra las fuerzas del comunismo, tal como el que ahora, encubierto con otro disfraz, asedia a Venezuela. En la histórica ciudad de Toledo, capital del reino de España en la Alta Edad Media, Carlos V construyó, con la participación del célebre arquitecto Alonso de Covarrubias, un imponente castillo que se yergue sobre la cima de la ciudad. Durante la Guerra Civil (1936-1939), el Alcázar, como se le conoce comúnmente, servía como sede de la Academia Militar y, por tanto, su dominio por parte de cualquiera de los dos bandos constituía un símbolo de superioridad. La guarnición de Toledo era muy escasa y repartida entre los varios establecimientos militares de la ciudad, cuyo comandante de guarnición era el coronel más antiguo, director de la Escuela Central de Gimnasia, José Moscardó Ituarte. El conjunto de efectivos militares de Toledo no rebasaba los 350 hombres, y para una eventual defensa de la plaza la fuerza principal con que podría contarse era la Guardia Civil (similar a nuestra Guardia Nacional) de la provincia, unos setecientos hombres, más un centenar de jóvenes militantes de grupos políticos de derecha. El total previsible de fuerzas defensoras llegaba a unos 1.300 hombres, que podrían ser fácilmente desbordados por el Frente Popular (alianza de fuerzas izquierdistas que incluía a los comunistas) de Toledo y sobre todo por la abrumadora proximidad de Madrid, controlado por la izquierda, con todo su peso militar y miliciano. Con esa desproporción de fuerzas, no podía cubrirse el frente norte de la ciudad, el más vulnerable, y ni siquiera podía asegurarse el interior de la ciudad. La única alternativa era refugiar las fuerzas en la ciudadela -el Alcázar- apoyándose en varios reductos comunicados con el recinto principal. El perímetro defensivo del Alcázar incluía unas 30 hectáreas. La Estructura medieval interna del inmenso edificio ofrecía una enorme capacidad de resistencia. En el interior existían muros de carga de hasta cinco metros de espesor. El primer chispazo de la guerra civil en Toledo saltó a media noche del 17 de julio de 1936, cuando un grupo del Frente Popular agredió a un destacamento de la Guardia Civil, un día antes del alzamiento del Ejército de Africa en Melilla (ciudad española en el norte de Africa), al mando del general Franco. El coronel Moscardó debía definir ante el gobierno del Frente Popular cuál era su posición, e incluso enviar a la capital las municiones existentes en la fábrica de armas de la ciudad, pero dio largas. A fin de aclarar las cosas, Madrid envió una columna militar. Pero el 21 de julio a las 7 de la mañana, Moscardó declaró estado de guerra en la ciudad, sumándose a la rebelión. La suerte estaba echada. -Creatividad para resolver los asuntos logísticos- La principal ventaja de Moscardó, aparte de las características defensivas del Alcázar, y a la vez su principal problema logístico, era la existencia de más de medio millón de cartuchos en la fábrica de armas, que debían ser trasladados a la ciudadela. Faltaba resolver el problema de la alimentación. Había víveres sólo para cinco días, pero providencialmente encontraron en una casa adyacente 360 sacos con 32 mil kilos de trigo que, junto a los 235 caballos existentes (de los cuales sólo quedaron seis al final de asedio), y el agua almacenada en los aljibes de la fortaleza construidos durante la Edad Media, sirvieron para alimentar a los 1.200 combatientes y 600 familiares que resistieron en el Alcázar durante los 68 días que duró la ofensiva. Una acertadísima organización de la intendencia del Alcázar permitió a los sitiados alimentarse con raciones de supervivencia hasta el final. La comida esa una especie de potaje hecho con trigo, molido imperfectamente con un motor de motocicleta (que todavía se conserva en el actual museo del Alcázar) y carne de caballo o mula. Se aumentaba la ración a los niños y enfermos, mientras que los adultos consumían diariamente unas 1.500 calorías. El armamento era suficiente en cuanto a armas ligeras, pero muy escaso en artillería: apenas dos cañones de 70 mm y 3 morteros de 50 mm con poca munición, 200 granadas de mano, y 13 ametralladoras. Habían cuatro médicos y un farmacéutico que hubieron de atender a 600 heridos y ¡dos partos!. Sabiendo la importancia de mantener en alto la moral y los ánimos de los combatientes y familiares, Moscardó ordena la elaboración de un diario de actividades o periódico que mantuviese informada a la comunidad, en lo interno, sobre los avances de la resistencia en la fortaleza y, en lo externo, sobre los acontecimientos de la guerra, obtenidos a través de los datos que podían obtener del mundo exterior, ya fuese a través de la radio o de la recepción de comunicaciones. -Atrapan al hijo de Moscardó- Cuando apenas comenzaba la resistencia, el 23 de julio, el jefe de las milicias de Toledo llama al coronel Moscardó y le informa que su hijo Luis ha sido capturado como rehén, intimándolo a la rendición. Sostienen la conversación que sigue a continuación y que ha pasado a los anales de la historia no sólo española sino universal: -Jefe de milicias: Son ustedes responsables de los crímenes y de todo lo que está pasando en Toledo, y le doy un plazo de diez minutos para que rinda el Alcázar; y de no hacerlo, fusilaré a su hijo Luis que lo tengo aquí a mi lado. Luis Moscardó tenía 24 años y ofreció su vida para que su padre mantuviera la resistencia heroica. Fue fusilado por el Frente Popular el 23 de agosto. Era el segundo hijo que Moscardó había perdido en la guerra, porque el primero había sido fusilado un mes antes. -La ofensiva contra el Alcázar- La aviación del Frente Popular emprendió ocho ataques en julio sobre los recintos del Alcázar, seis en agosto y uno en septiembre. Todos ellos ineficaces, pese a que el 8 de agosto se emplearon agresivos químicos arrojados desde el aire, específicamente cloroacetofenona. La artillería del Frente Popular incrementó sus efectivos en agosto con varias piezas de artillería de 155 mm que iniciaron una demolición sistemática del edificio, pero los defensores improvisaban nuevos parapetos con los escombros que se iban produciendo. A mediados de agosto, siguiendo instrucciones de un Consejo de Ministros, se comienza la excavación de un orificio que tiene por objetivo colocar una mina en los cimientos de la fortaleza y hacerla volar en pedazos. Mientras tanto, el bombardeo de artillería se intensifica. Según el historiador Rafael Casas de la Vega, "el 4 de septiembre se hunde el torreón nordeste, después de recibir no menos de 138 impactos directos de 155 mm. El día 8 cae el torreón noroeste, después de encajar 285 cañonazos del mismo calibre; entre ambos días, el 5, se hunde la fachada sur del patio". La resistencia de los materiales del Renacimiento es asombrosa. Pero la peor amenaza es la de la mina. Dos salidas de los sitiados ejecutada durante la noche de los días 5 y 6 de septiembre comprueba la actividad de los equipos de perforación, con posibilidad de llegar a los cimientos del Alcázar en ocho días. -Guerra psicológica- Bajo el incesante bombardeo y la creciente amenaza de la mina, el Frente Popular emprende dos acciones de guerra psicológica para vencer la moral de los sitiados. El 8 de septiembre de 1956, a las diez de la noche, el comandante de infantería Vicente Rojo, amigo y compañero de muchos de los militares sitiados, pide con megáfono y bandera blanca parlamentar con el coronel Moscardó. Rojo era un militar honesto y prestigioso. Era políticamente moderado e ideológicamente próximo a los rebeldes; los del Frente Popular habían sabido escoger bien. Después desempeñaría el mando supremo militar de la zona controlada por el Frente. Se concertó una tregua de una hora para la mañana del día siguiente. Lo recibieron el comandante Blas Piñar Arnedo y el capitán Alamán, íntimos amigos suyos. Fue el primer abrazo entre combatientes de la guerra civil. Rojo fue conducido con los ojos vendados al despacho de Moscardó, donde le entregó las condiciones para la rendición del Alcázar. Moscardó contesta por escrito: "Enterado de las condiciones que para la rendición del Alcázar presenta el Comité de Defensa de Toledo, tengo la inmensa satisfacción de manifestarle que desde el último soldado hasta el jefe que suscribe rechazan dichas condiciones y continuarán la defensa del Alcázar y de la dignidad de España hasta el último momento". Moscardó pidió a Rojo un sacerdote para que celebrara una misa y diese a los defensores la absolución general. Según relató posteriormente el capitán Alamán, se produjo el siguiente diálogo entre él y Rojo: "Vicente, ¿por qué no te quedas? Es tu gran oportunidad". Conmovido por la valiente actitud de los sitiados, Rojo responde: "Imposible, me he comprometido con esa gente y no debo ni quiero faltar a mi palabra. A mayor abundamiento, tengo a mi familia en Madrid. Su seguridad depende de lo que yo haga. Mi suerte está echada. Pero resistid sin desmayo. Sois los mejores y ganaréis. Adiós. ¡Viva España!". A las ocho de la mañana del día 11, llegó al Alcázar el canónigo Vázquez Camarasa. Siguiendo instrucciones del Frente Popular, Vázquez mintió a Moscardó diciéndole que la situación en Madrid era "normal" y que las iglesias estaban siendo respetadas por los comunistas. Luego preguntó por el número de sitiados, sin obtener, naturalmente, ninguna respuesta. Luego celebró misa, y habló de la otra vida. "La impresión que recibimos -dijo un testigo presencial- era que venía a absolvernos en común a todos, porque al día siguiente íbamos a morir todos aplastados por la mina". Casas de la Vega opina que "Queriéndolo o no, Vázquez Camarasa crea una situación moral límite". Durante la breve procesión que siguió a la misa, alguien entonó el cántico eucarístico Cantemos al amor de los amores, y fue imitado emotivamente por el resto, lo cual levantó la moral y el entusiasmo, a la vez que demostró la disposición de todos a morir, si era necesario, por defender su causa. Pese a todo, Vázquez Camarasa continuó presionando y dijo no entender por qué no se dejaba salir a las mujeres y a los niños, implicando que los mantenían contra su voluntad. Una de las esposas de los combatientes respondió: "¿Coaccionadas nosotras? No. He hablado este asunto con todas las mujeres del Alcázar y todas piensan como yo. O salir libres con nuestros esposos y con nuestros hijos, o morir abrazadas a ellos entre las ruinas; pero solas, ¡nunca!". El canónigo salió conmocionado del reducto. La guerra psicológica había fracasado y, como resultado la determinación y valentía que habían demostrado los del Alcázar, el bando contrario sufría los efectos de la derrota y de la desmoralización. Como ocurre siempre en estos casos, los efectos de la acción psicológica se revierten contra quienes los llevan a cabo, cuando las pretendidas víctimas manifiestan su compromiso indoblegable con la causa que defienden. -El asalto final- Tras unos momentos de expectación, dos columnas de asalto, fraccionadas cada una en otras dos, se lanzan sobre las ruinas del Alcázar, pero los defensores del Alcázar reaparecen ante el estupor de los asaltantes que avanzan por el suroeste. Son inmediatamente batidos por las ametralladoras colocadas en las galerías puestas al descubierto por las minas. Los dos grupos que avanzan por el sur ni siquiera pueden progresar debido a que son atacados con armas de infantería. Sólo sucumbe el noroeste, por donde 600 hombres emprenden la subida al Alcázar con toda decisión y logran colocar su bandera roja; pero los defensores reaccionan con firmeza, suben rápidamente, arrancan la bandera y la arrojan al patio, y se entabla una lucha a muerte con granadas y fusiles. Abajo, los defensores cortan el paso a los refuerzos del enemigo, y minutos más tarde logran dominar a los sitiadores. A las 10:20 de la mañana la artillería pesada del Frente Popular reanuda el fuego sobre la fortaleza; era la mejor prueba de que el asalto al Alcázar había fracasado. Los defensores pierden 72 hombres, pero los atacantes sufren 150 bajas. Durante el 18 de septiembre, día de la explosión, el Alcázar recibe 272 cañonazos de 155 mm; más de 400 andanadas el día 19; y 472 el 20. La fuerza de maniobra de Moscardó, compuesta por 2 compañías de la Guardia Civil, desbarata ese día otro intento de asalto. El 21 la artillería enemiga derriba el último torreón del Alcázar, ubicado en el sureste. Del 18 al 21 las bajas se han producido a un ritmo insufrible: 204 en total. Quedan alimentos para apenas 10 días, pero el Ejército de Africa ha llegado ya a Maqueda, cerca de Toledo. El Alcázar rechaza fácilmente un asalto mal dirigido el día 22; y otros dos el día 23. Los días 24, 25 y 26 cunde la euforia dentro del Alcázar; había señales inequívocas del avance del Ejército de Africa. El día 27 de septiembre, en un esfuerzo desesperado por no fracasar, las tropas de asalto intentan quemar vivos a los defensores del Alcázar, rociando el sector de la puerta principal con 6.000 litros de gasolina. Pero los defensores, dándose cuenta de la maniobra, lanzan una bomba de mano e incendian el combustible antes de que llegue a sus predios. El fuego corre hacia el depósito y amenaza con extenderse a toda la ciudad, lo cual obliga a los sitiadores a cortar la manguera de suministro de gasolina. Este asalto había sido montado con fuerzas comunistas alentadas personalmente por el enviado de Stalin en España, Mikhail Koltsov. A las 7:00 de la noche, entran en el Alcázar de Toledo las tropas del Ejército español al mando del general Varela. La liberación del Alcázar se había consumado. -Epílogo- El Alcázar de Toledo es hoy un museo, pero también un cementerio, reservado sólo para quienes combatieron en la heroica defensa de la fortaleza. En la entrada de la cripta está enterrado Moscardó con toda su familia, incluyendo sus dos hijos, fusilados por los comunistas. El recuerdo del diálogo sostenido entre el bravo coronel y su hijo Luis conmueve profundamente a quienes visitan la tumba, pero, anticipándose a las lágrimas, una inscripción esculpida en la pared adyacente exclama: "Dieron su vida por salvar la de la Patria. No lloréis su muerte. ¡Envidiadles!". Si los venezolanos no estuviésemos tan influenciados por el posmodernismo y si luchásemos por nuestra patria como lo hicieron los del Alcázar, no tendrían ningún chance de triunfar quienes desean someterla a los designios del Foro de Sao Paulo. Afortunadamente, todavía hay tiempo de rectificar. (1) El relato histórico ha sido tomado, casi íntegramente, del libro Historia Esencial de la Guerra Civil Española, de Ricardo de la Cierva, Editorial Fénix, Madrid. Por: Alejandro Peña Esclusa |